La mano que Sebastián tenía apoyada a un costado se apretó con fuerza.
El médico tenía una expresión grave.
Durante los primeros meses de vida, Cachito no podía ni siquiera digerir fórmula. Poco a poco su cuerpo había ganado algo de fuerza, dándoles la esperanza de que mejoraría, hasta que descubrieron que padecía una rara enfermedad hematológica.
Y todavía no había noticias sobre un donante compatible.
—¿Estuvo llorando estos dos días?
El médico negó con la cabeza. —No, en absoluto. Ha estado muy tranquilo mientras duerme.
Sebastián siguió observando fijamente la pantallita de monitoreo. El rostro diminuto del bebé era una copia exacta de Valentina.
—Si está pasando tanto tiempo inconsciente, significa que su cuerpo se debilita cada vez más, ¿no?
Por eso, cuando recibió la llamada en la isla, decidió acortar el viaje y regresar antes.
El doctor, sintiéndose terriblemente impotente, confesó con pesar: —Señor Correa, su sistema inmunológico está al límite. Me temo que... no nos queda medio año de tiempo.
Sebastián se quedó de pie frente a los monitores durante un largo rato. Parecía que el tiempo se había detenido a su alrededor.
No se supo cuánto tiempo pasó antes de que apagara las pantallas y cerrara el sistema de seguridad.
Justo antes de irse del hospital, recibió una llamada de Lucas.
Sebastián subió a su auto y le dio una orden a su chofer.
El vehículo se detuvo en el estacionamiento subterráneo de una lujosa propiedad aislada.
Sebastián se bajó y caminó directamente hacia el sótano.
Era el mismo lugar que había utilizado en Nochevieja para torturar e interrogar al sicario que había intentado matar a Valentina.
Esos criminales ya habían sido silenciados por Lucas. Hoy, la nueva invitada era Isabela.
Al cruzar la puerta del sótano, vio a Isabela encadenada de pies y manos.
El corazón de Isabela dio un vuelco. Él había venido por eso.
—¿No tienes nada más que decirme?
Antes de que las palabras terminaran de salir de su boca, los insondables ojos de Sebastián se tornaron tan aterradores como un abismo helado.
Ella se mordió el labio para reprimir el pánico.
Tomó aire profundamente. —Tengo el antídoto para el veneno de mi cuerpo. Así, mi sangre y mi cuerpo volverán a estar completamente sanos.
—Y seguiré siendo útil para ti.
Esa era su carta del triunfo, la última moneda de cambio en su juego. Y estaba decidida a ganar.
Sebastián encendió un cigarrillo. Su rostro era de piedra.
Isabela lo miró con devoción absoluta. —Solo te pido una cosa: quiero que aclares públicamente ante los medios que tú y Valentina no tienen ninguna relación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....