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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 388

Una vez que Valentina y Arturo se marcharon, el enorme apartamento volvió a quedar en silencio, interrumpido únicamente por las esporádicas carcajadas provenientes de la televisión, donde los invitados del programa seguían jugando.

Ese ruido de fondo hacía que el silencio en el comedor pareciera aún más pesado.

Sebastián se quitó el cubrebocas, retiró con cuidado el material adhesivo de las cicatrices falsas alrededor de sus labios y miró los tres platillos intactos frente a él. Tomó los cubiertos en silencio.

—Cof...

El picante intenso le golpeó las fosas nasales, obligándolo a comer un bocado de arroz para calmar el ardor.

—Cof, cof...

Probó un sorbo de sopa.

—Cof...

Ya había oscurecido afuera. El hombre de imponente estatura seguía sentado solo en la mesa, tosiendo por el picante, pero sin dejar de comer.

Poco a poco, terminó devorando por completo los tres platillos preparados por ella.

Al terminar, Sebastián abrió una botella de agua y se la bebió de un solo trago.

Luego revisó su teléfono y vio un mensaje que los guardaespaldas, desplegados alrededor del edificio, le habían enviado quince minutos antes: «Señor Correa, la señora y su acompañante ya se han retirado.»

Sus oscuros ojos se volvieron insondables. Se reclinó en la silla, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y un encendedor, y encendió uno.

Su mirada descendió perezosamente hasta sus pies, deteniéndose en las pantuflas azules que ella le había traído.

La única luz encendida en toda la casa era la del comedor. En esa penumbra, la figura del hombre proyectaba una sombra cargada de una profunda soledad.

...

La noche cayó con un silencio absoluto.

En el sótano, Isabela estaba apoyada contra una esquina con los ojos cerrados. El dolor punzante en la cintura no la había dejado tranquila desde que recuperó el conocimiento.

¿Qué demonios le había hecho todo ese personal médico que entró de repente?

Pero no tenía dudas de que había sido por orden de Sebastián.

Se miró el pequeño agujero de una aguja en el antebrazo. Aunque no podía entender qué le habían hecho en la cintura, era más que evidente que ese pinchazo había sido para extraerle sangre.

¿Acaso Sebastián estaba intentando encontrar el antídoto extrayendo su sangre?

—Ja... —rio amargamente con los ojos llenos de lágrimas al pensar en ello.

Esa sola mirada contenía tal nivel de desprecio que hizo que Isabela sintiera un escalofrío en la espina dorsal, despertando todas sus alarmas.

¿Por qué la miraba de esa manera?

Lucas bajó detrás de él, pero Sebastián se quedó inmóvil, manteniéndose calculadamente fuera del alcance máximo que permitían las cadenas en los tobillos de Isabela.

—¿Dónde está el antídoto?

Su voz fue aún más fría que su mirada, tan gélida que Isabela tembló físicamente.

Sin embargo, el hecho de que él estuviera allí significaba que lo que le había dicho Lucas sobre haber encontrado a "una candidata mejor" para extraer médula era una vil mentira. Sebastián no tenía a nadie más.

Ella sabía perfectamente que tenía en su poder algo que él valoraba más que su propia vida. Pasara lo que pasara, Sebastián no la mataría.

—Sebastián, pero ya habíamos llegado a un acuerdo... Tú publicabas el comunicado a mi favor y yo te decía dónde está el antídoto. Tú me prometiste...

—Míralo tú misma.

Justo cuando ella comenzó a protestar, Lucas bajó el resto de los escalones y le colocó una tablet frente a la cara.

Isabela bajó la vista hacia la pantalla de inmediato.

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