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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 394

Para cuando Sebastián llegó al hospital, ya era completamente de día.

El rocío de la mañana humedecía las puntas de su cabello.

Sus pasos, habitualmente firmes y pausados, eran mucho más acelerados de lo normal.

A cierta distancia, una camioneta de lujo se estacionó en el área designada. Mateo y Valentina bajaron del vehículo. Al ver a Sebastián a lo lejos, Mateo giró sutilmente su cuerpo, bloqueando por completo el campo visual de Valentina.

Observó sobre su hombro cómo Sebastián se apresuraba hacia el interior del vestíbulo principal.

¿Qué demonios hacía Sebastián en el hospital a primera hora de la mañana?

—Vamos, ¿no tenías la sesión de fotos de la revista a las diez y media? —lo apuró Valentina.

Ella lo había acompañado para su chequeo médico y de rehabilitación física.

Como el asistente de Mateo tuvo que salir de emergencia a su pueblo natal, ella se ofreció para cubrir el puesto por un día. Más tarde, el mánager de Mateo los alcanzaría directamente en el estudio fotográfico.

Mateo la miró de reojo.

—Vaya, qué rápido entraste en personaje.

—Por supuesto que sí. Si voy a ser tu asistente todo el día, me tienes que pagar mi sueldo.

Mateo sonrió con arrogancia relajada.

—Te doy todo el dinero que me paguen por las fotos de hoy.

Los actores de renombre rara vez cobran tarifas exclusivas por revistas, pero al ser Mateo una estrella de primera categoría, el estudio era parte de una campaña para la marca que él patrocinaba, y la tarifa era obscenamente alta.

Obviamente, no lo hacía por el dinero.

Simplemente quería complacer a sus fans, que llevaban meses quejándose en internet porque no había salido en portadas recientemente.

—¿Para qué quiero yo todo tu dinero? —replicó Valentina entrando al ascensor con él.

Mateo apartó la mirada y extendió la mano por inercia para sostener las puertas del ascensor mientras ella terminaba de entrar.

Presionó el botón del piso deseado.

—Pues porque me sobra el dinero para tirarlo a la basura.

Sebastián asintió y se metió directamente a los vestidores. Con la ayuda del personal médico, se puso rápidamente el traje de bioseguridad y entró a la habitación de terapia intensiva, hacia la gigantesca "cámara estéril" diseñada exclusivamente para el pequeño.

Cachito dormía profundamente. Al instante, los ojos de Sebastián se fijaron en la camisa blanca que el niño apretaba contra su pecho. Sus delgadas piernitas, asomando por debajo del pañal, estaban recostadas sobre la tela y su mejilla descansaba directamente en la camisa.

Sebastián se sentó al lado de la cama. Con la mano enguantada por el traje, acarició con extrema delicadeza el fino cabello del niño.

Era un cabello lacio y suave, muy parecido al de Valentina.

Cuando el pequeño se dio la vuelta en sueños, Sebastián le acomodó la camisa blanca encima para taparle la pancita.

—¿Ha mostrado alguna reacción adversa? —preguntó al médico en voz baja.

El doctor negó con la cabeza.

—No se preocupe, señor Correa, no ha presentado ninguna complicación.

Al mediodía, el niño finalmente se despertó. Abrió sus enormes y curiosos ojitos redondos, y al ver al hombre sentado a su lado envuelto en aquel voluminoso traje blanco, intentó darse la vuelta lentamente. Ese simple movimiento parecía costarle muchísimo a su cuerpecito debilitado. Trató un par de veces, pero no logró rodar.

Sebastián, sentado al borde de la camilla, apretó los puños con tal fuerza que los nudillos casi desgarraron la costura de los guantes del traje. Sin embargo, no extendió las manos para ayudarlo.

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