No fue hasta el preciso instante en que el pequeño logró girarse sobre su pecho que Sebastián extendió su ancha mano envuelta en el traje y le sostuvo la nuca con inmensa ternura.
El pequeño Cachito, apoyado boca abajo en la cama, levantó la mirada hacia Sebastián.
Sus grandes y redondos ojos se arquearon en una sonrisa radiante, y de su boquita salió un balbuceo suave y tierno:
—Ba... ba...
—Sí, es papá —respondió Sebastián, acariciando su cabeza redondita antes de levantarlo con extremo cuidado y apretarlo contra su pecho.
Acarició con delicadeza los deditos diminutos del niño, y luego sus piececitos. El pequeño lo miraba fijamente con sus brillantes ojitos negros, agitando las manos en el aire un par de veces antes de dejarlas caer, agotado.
En su inocencia, el niño no entendía por qué, aunque tocaba a su papá, no podía sentir su piel.
Al notar esto, Sebastián tomó con cuidado la pequeña mano y la presionó firmemente contra su pecho, justo sobre su corazón.
Tal vez porque logró sentir el latido fuerte y rítmico del hombre, un brillo nuevo iluminó la mirada del niño.
Esa voz dulce y sin fuerzas volvió a balbucear:
—Ba... ba.
Sebastián lo contempló en un profundo silencio, le acarició una vez más la cabeza y tomó el biberón que la enfermera le entregó para alimentarlo.
Los movimientos del hombre eran precisos y expertos, y el pequeño succionaba la mamila con todas sus fuerzas apoyado en sus brazos.
Pero estaba tan débil que, antes de terminar de tomar su leche, volvió a quedarse dormido.
Una de sus manitas sostenía débilmente el biberón, mientras la otra seguía aferrada con fuerza a la tela del traje de Sebastián.
La mano que sujetaba el biberón cayó lentamente, pero los deditos que apretaban el traje de su papá no lo soltaron en ningún momento.
Sebastián no intentó apartar esa pequeña mano, simplemente continuó sosteniéndolo en sus brazos.
La cabeza del niño descansaba pegada a su pecho, durmiendo con una paz absoluta.
No hubo espasmos. No frunció el ceño con dolor. No hubo gemidos ni sollozos en su sueño profundo.
El rostro de Sebastián finalmente se relajó.
El año que había pasado le había parecido toda una vida de tortura.
—Ya aislamos la estructura molecular. Sintetizarlo no será un proceso largo. En dos o tres días lo tendremos listo.
Sebastián soltó un murmullo de confirmación y entró a los vestidores para quitarse el traje especial.
Lucas, que había dejado su teléfono en el casillero en modo silencioso antes de entrar a la sala, lo sacó.
Al revisar la pantalla, vio un mensaje que le habían enviado dos horas atrás:
«Señor Correa, la señora acompañó a Mateo Solís al hospital para sus exámenes de rehabilitación, pero ya se han retirado.»
El traje de bioseguridad que Sebastián aún no terminaba de quitarse fue arrancado de su cuerpo de un violento tirón. Aunque el ruido fue mínimo, tanto los médicos en el vestidor como Lucas sintieron en el aire el abrumador peso de su furia.
Sebastián tiró el traje al basurero, con el rostro más oscuro y frío que la misma noche.
Ella sí que tenía una agenda ocupada.
Primero, yendo a cocinarle con todo el amor del mundo a 'Aein', y ahora haciéndola de enfermera personal para acompañar a Mateo Solís al hospital.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....