¡Ella era la que estaba a su merced!
¡Todo había sido una trampa diseñada por Sebastián!
Cuando los guardaespaldas le llevaron la cena, Isabela exigió enfurecida hacer una llamada a Lucas.
Al otro lado de la línea, en cuanto escuchó la voz de Lucas, estalló:
—¿Dónde está mi cura?
—El señor Correa se la dará cuando lo considere oportuno —respondió Lucas, con un tono completamente plano.
La voz de Isabela se volvió más aguda y rasposa:
—¡Me están mintiendo, ¿verdad?!
—¡Lo que me mostraron en internet era falso! ¡Él nunca aclaró públicamente que no tiene ninguna relación con Valentina, ¿cierto?!
Su interrogatorio histérico solo fue recibido por una respuesta aún más fría de Lucas:
—Si eso es lo que quieres creer, adelante.
Isabela apretó los dientes, furiosa.
—¡Lucas!
La llamada se cortó, dejando solo el pitido constante en la línea.
El guardaespaldas le arrebató el teléfono.
Ella se dejó caer al suelo, con la mente trabajando a mil por hora. Sebastián había montado toda esta farsa solo para descubrir si ella realmente poseía la cura. Ahora que la tenía, ¿por qué se retrasaba tanto en dársela?
¿Acaso había alguien más que necesitaba esa medicina?
Pero la anciana ya estaba muerta. Valentina había estado embarazada, pero perdió a su bebé protegiéndola a ella.
No quedaba nadie más que necesitara la cura.
Isabela cerró los ojos. Ya había pasado mucho tiempo desde que le trajeron la cena.
Seguramente ya era noche cerrada allá afuera.
Con un dedo, acarició la cicatriz que le había quedado en la muñeca de cuando se cortó las venas hace años.
Debajo de esa cicatriz, tenía implantado un microchip. Un dispositivo de rastreo que enviaba su ubicación exacta.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....