Se escuchó un golpe en la puerta de la habitación.
Sebastián Correa alzó la mirada, sus profundos y oscuros ojos se entrecerraron ligeramente.
Ya estaba aquí.
Lucas Ortiz captó su señal, se acercó y abrió la puerta. Vestido con un impecable traje negro, Daniel Zamora estaba de pie en el umbral. Su rostro amable y sereno parecía llevar consigo el rocío fresco de la mañana, y su figura lucía delgada.
Dio unos pasos hacia el interior antes de notar a Sebastián, quien estaba recostado contra el respaldo de la cama del hospital.
Por la bata de paciente que llevaba, era imposible determinar la gravedad de sus heridas. Aparte de unos cuantos rasguños en el rostro y una evidente palidez, parecía el mismo de siempre.
Sin embargo, el simple hecho de que estuviera apoyado en la cama era suficiente para alarmar a cualquiera.
Un hombre como Sebastián jamás mostraría debilidad a menos que su vida estuviera pendiendo de un hilo. Verlo recostado así era la mayor muestra de vulnerabilidad que Daniel había presenciado desde que lo conocía.
Al pensar en eso, Daniel frunció ligeramente el ceño.
¿Tan malherido estaba?
Lucas caminó a su lado hasta llegar frente a Sebastián.
Al ver a los que alguna vez fueron como hermanos del alma, ahora distanciados y sin palabras por culpa de una mujer, Lucas no sintió gran cosa. Era Ricardo Mendoza quien no quería enfrentar esa escena y había preferido quedarse en cuidados intensivos cuidando de Cachito.
—No fuiste a mi fiesta de compromiso anteayer —dijo Daniel, rompiendo el tenso silencio.
El bloqueo de información por parte de Sebastián había sido tan hermético que, de no ser porque la unidad militar de su prometida, Lorena Nava, le había informado, él habría seguido en la ignorancia.
El día de su compromiso, Valentina Vargas había sido secuestrada por los hombres de Fausto Navarro.
Esa misma noche, después de arrojar al río el anillo de compromiso que había guardado durante años para Valentina, Daniel decidió obligarse a dejar de seguir sus pasos. El compromiso había sido su elección y, ya que había dado ese paso, no debía causarle más problemas a ella.
Lo que no esperaba era recibir una llamada de Sebastián a primera hora de la mañana, en la que solo le dijo una frase: «Estoy herido».
Y por eso había venido.
Los delgados labios de Sebastián se movieron apenas:
—No me diste una invitación.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....