En la cama del hospital, Isabela Campos miraba fijamente al techo, con los ojos inyectados en sangre. En su mente resonaba sin parar la frase que Lucas había dicho: «El hijo del señor y la señora Correa».
Esas palabras hacían eco en su cabeza como una maldición. Poco a poco se sentía como un gusano largo y fino perforándole el cerebro, escarbando por sus entrañas, nadando por sus venas hasta anidarse en su corazón y retorcerse frenéticamente.
Sus terminaciones nerviosas estaban prácticamente destruidas y apenas sentía dolor físico, pero, de pronto, sintió una punzada tan desgarradora en el pecho que creyó morir.
Había planeado meticulosamente envenenar a Valentina. Aquel bebé fue extraído sin latido, muerto... ¿Cómo diablos podía estar vivo?
Si estaba vivo, ¿por qué Valentina había sufrido de esa manera?
Entonces, lo que dijo Lucas tenía que ser mentira.
Lo había dicho a propósito. Era un simple truco para torturarla psicológicamente.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Habían entrado médicos y enfermeras para cambiarle los vendajes y hacerle revisiones, pero nadie se dignó a dirigirle la palabra al ver su estado, dejándola tirada en la cama completamente paralizada.
Cayó la noche y nadie entró a encender la luz de su habitación. Solo los lejanos destellos de la ciudad se colaban por la ventana, dibujando la silueta inerte de Isabela sobre las sábanas.
Parecía que, aparte de recibir tratamiento, todos se habían olvidado de que existía.
Finalmente, escuchó voces afuera de la puerta.
Esa voz, que era suave pero firme a la vez, le resultaba sumamente familiar.
¿Quién era?
Una sonrisa rígida y siniestra apareció en el pálido rostro de Isabela. Giró la cabeza, clavando la mirada en la puerta de la habitación.
Cuando la puerta se abrió, vio una figura delgada y hermosa de pie en el umbral.
Llevaba puesto un pijama de hospital y su rostro se veía cansado, pero no cabía duda: ¡era la mujer a la que había odiado con toda su alma durante más de diez años!
—¡Ja! —Los ojos enrojecidos de Isabela soltaron lágrimas de ira, apretó los dientes y la llamó, temblando de rabia—: ¡Valentina!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....