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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 482

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En la cama del hospital, Isabela Campos miraba fijamente al techo, con los ojos inyectados en sangre. En su mente resonaba sin parar la frase que Lucas había dicho: «El hijo del señor y la señora Correa».

Esas palabras hacían eco en su cabeza como una maldición. Poco a poco se sentía como un gusano largo y fino perforándole el cerebro, escarbando por sus entrañas, nadando por sus venas hasta anidarse en su corazón y retorcerse frenéticamente.

Sus terminaciones nerviosas estaban prácticamente destruidas y apenas sentía dolor físico, pero, de pronto, sintió una punzada tan desgarradora en el pecho que creyó morir.

Había planeado meticulosamente envenenar a Valentina. Aquel bebé fue extraído sin latido, muerto... ¿Cómo diablos podía estar vivo?

Si estaba vivo, ¿por qué Valentina había sufrido de esa manera?

Entonces, lo que dijo Lucas tenía que ser mentira.

Lo había dicho a propósito. Era un simple truco para torturarla psicológicamente.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Habían entrado médicos y enfermeras para cambiarle los vendajes y hacerle revisiones, pero nadie se dignó a dirigirle la palabra al ver su estado, dejándola tirada en la cama completamente paralizada.

Cayó la noche y nadie entró a encender la luz de su habitación. Solo los lejanos destellos de la ciudad se colaban por la ventana, dibujando la silueta inerte de Isabela sobre las sábanas.

Parecía que, aparte de recibir tratamiento, todos se habían olvidado de que existía.

Finalmente, escuchó voces afuera de la puerta.

Esa voz, que era suave pero firme a la vez, le resultaba sumamente familiar.

¿Quién era?

Una sonrisa rígida y siniestra apareció en el pálido rostro de Isabela. Giró la cabeza, clavando la mirada en la puerta de la habitación.

Cuando la puerta se abrió, vio una figura delgada y hermosa de pie en el umbral.

Llevaba puesto un pijama de hospital y su rostro se veía cansado, pero no cabía duda: ¡era la mujer a la que había odiado con toda su alma durante más de diez años!

—¡Ja! —Los ojos enrojecidos de Isabela soltaron lágrimas de ira, apretó los dientes y la llamó, temblando de rabia—: ¡Valentina!

Nadie le había confirmado antes si Valentina había sobrevivido o no, pero ella ya intuía la respuesta. Aún así, ver a Valentina allí de pie frente a ella, sana y salva, la consumió en un odio tan profundo que deseó poder levantarse y hacerla pedazos.

Una chispa de ironía asomó a los fríos ojos de Valentina.

—Sebastián arriesgó su propia vida para protegerme, ¿cómo iba a morirme?

Ese sarcasmo fue como un cuchillo hundiéndose en el dolorido pecho de Isabela.

El hombre que había hecho de todo por tener... había preferido dar su propia vida antes que permitir que a Valentina le pasara algo. Valentina estaba intacta, erguida frente a ella, mientras que de ella misma no quedaba más que media mujer.

Frente a Valentina, solo era un payaso patético, un don nadie.

Había perdido y no le quedaba absolutamente nada.

—¿Por qué tienes tanta suerte? —Una lágrima resbaló por la comisura de los ojos de Isabela.

—Siempre sabía lo mucho que tus padres te amaban... y aunque murieron, la abuela Correa te acogió y te consintió toda tu vida. Has tenido todo desde niña. Y yo...

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