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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 8

Después de acompañar a la abuela a desayunar, Valentina se dispuso a irse. Como las heridas en sus piernas le dificultaban conducir, le pidió a don Alberto que le consiguiera un auto con chofer.

Mientras esperaba el coche, sacó de su bolso una pomada para la inflamación.

Era el mismo frasco que había encontrado en la mesita afuera de su habitación al despertar esa mañana.

Esta crema era idéntica a la que el ama de llaves le había aplicado en Villa Esmeralda. No sabía quién la había dejado ahí.

Se acercó al patio interior y se detuvo, levantando la vista hacia el imponente árbol de Jacaranda, que medía unos dos pisos de altura.

Los jacarandas en Miramar florecen en primavera; ahora, en diciembre, sus ramas estaban completamente desnudas.

Recordó que la primera vez que llegó a la casa de la familia Correa, era precisamente la época en que ese árbol estaba en su máximo esplendor.

Ella tenía siete años; Sebastián, doce.

Ese día, bajo el brillante sol, él estaba parado junto al árbol mientras las criadas la presentaban. Apenas le dirigió una mirada fugaz y solo pronunció una frase: "Mientras no me fastidies, todo estará bien".

—Qué elegancia la de mi cuñada. Con la casa en llamas y todavía tienes el descaro de estar aquí admirando un árbol seco.

Una voz cargada de un tono sarcástico y cortante llegó desde sus espaldas.

No necesitaba voltear para saber de quién se trataba. Era el primo de Sebastián, Nicolás Correa, de la segunda rama de la familia.

Nicolás y Sebastián siempre habían estado enemistados. Valentina no tenía ganas de lidiar con él, así que dio media vuelta dispuesta a irse.

—Oye... —Nicolás extendió un brazo con sus largas piernas bloqueándole el paso. Una sonrisa a medias se dibujó en su rostro—.

¿Acaso no quieres saber en dónde tiene viviendo Sebastián a Isabela?

Valentina se detuvo en seco.

Al ver que había logrado captar su atención, el hombre esbozó una sonrisa astuta. Caminó con calma hasta quedar frente a ella, mirándola desde arriba, y levantó una ceja.

—Al fin y al cabo, llevan tres años casados. Mi querido primo sí que es cruel...

Valentina metió las manos en los bolsillos y lo interrumpió:

—Lo que pase entre Sebastián y yo es asunto nuestro. Ya que tienes tanto tiempo libre para meterte en la vida de los demás, mejor inviértelo en buscar cómo asegurar tu lugar dentro del Grupo Correa.

Esa frase dio en la herida de Nicolás.

Valentina era una reportera senior en el departamento de noticias del canal de televisión, especializada en investigaciones sociales y reportajes de denuncia a empresas corruptas y negocios ilícitos. Tan solo en su última investigación, había logrado desmantelar una red y rescatar a decenas de jóvenes en situación de vulnerabilidad.

Apenas pisó la oficina, Javier, el editor en jefe, la llamó a su despacho.

Cerró la puerta, le indicó que se sentara y la miró dudando si hablar o no.

Al ver la confusión genuina en los ojos de Valentina, dejó escapar un suspiro y le dijo:

—Valentina, tengo que decirte algo. Ya investigamos quiénes fueron los que te golpearon, pero...

—¿Tienen contactos importantes? —preguntó ella sin mostrar sorpresa. Cualquiera que se atreviera a atacar a una periodista era o un imbécil o alguien con mucho poder.

Javier le sirvió un vaso de agua y lo puso frente a ella.

Con un tono sombrío, le explicó:

—Moví algunos hilos y pregunté por todos lados. El que ordenó el ataque es el hermano menor de la exnovia de Sebastián Correa. Sebastián mismo ha salido en su defensa; incluso los tres tipos que te golpearon quedaron en libertad. Hay gente de los Correa en la policía...

El resto de las palabras se desvanecieron en los oídos de Valentina.

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