Apretó con fuerza sus dedos temblorosos, clavándose las uñas en las palmas hasta que casi sangraron.
El silencio era abrumador.
—Valentina, Valentina...
Javier fruncía el ceño mientras la llamaba repetidamente.
Valentina estaba rígida, como una estatua de hielo. Pasó un buen rato antes de que sus labios tensos se movieran y su expresión volviera a la normalidad.
—Lo escucho.
Al verla tan calmada, sin derramar una lágrima ni alterarse, Javier se sintió sumamente preocupado. Temía que se estuviera reprimiendo y fuera a hacer una locura.
Sin embargo, debía decirle lo que faltaba.
La decisión final quedaba en sus manos.
Él empujó un cheque hacia ella.
—Esta es la compensación que te ofrece la familia Campos.
Era evidente que querían silenciar el asunto.
Valentina le echó un vistazo.
Cinco millones.
No esperaba que sus heridas valieran tanto.
Javier le dijo algunas palabras más para intentar consolarla.
—Está bien, entiendo —dijo Valentina. Tomó el cheque y se levantó para salir de la oficina.
La puerta se cerró suavemente. Javier se quedó mirándola con el ceño aún fruncido.
En el pasado, cuando Valentina se enfrentaba a situaciones similares, siempre luchaba hasta el final, sin importar quién fuera el adversario. Nunca había aceptado dinero para guardar silencio y hacerse a un lado.
Pero esta vez, se trataba de alguien a quien la familia Correa estaba protegiendo. Por mucho que quisiera ayudarla, sus contactos no llegaban a esos niveles.
Si ella realmente decidía dejar las cosas así, para ser sincero, se sentiría un poco decepcionado.
Hace años la había elegido para trabajos de tan alto riesgo justamente por su espíritu inquebrantable y su valentía frente al poder.
Desenterrar la oscuridad y la corrupción escondida en la sociedad requería esa fuerza que caracterizaba a Valentina.
¿Y ahora se marchaba con el dinero en la mano?
—Menos mal que tienes la piel dura; de lo contrario, en serio te habrían dejado irreconocible.
Al ver la torpe manera que tenía Sofía de mostrar preocupación, lejos de molestarle, a Valentina le pareció casi tierno.
Justo cuando la chica se daba la vuelta para irse, contoneando las caderas, Valentina la llamó:
—Sofía, tú tienes una tarjeta VIP de Club Eclipse, ¿verdad?
—¿Y eso a ti qué? —Ser llamada por su nombre de forma tan dulce por una mujer tan hermosa como Valentina le subió el ánimo de inmediato—. ¿La quieres?
Valentina le guiñó un ojo.
—Si me la prestas, te cuento qué cirujano me operó la cara.
Sofía abrió los ojos de par en par.
—¡Sabía que estabas operada!
Con razón pensaba: "¿Cómo es posible que alguien nazca con esos rasgos tan perfectos?"
Sofía corrió de regreso a su escritorio, sacó una tarjeta negra de su billetera, se la entregó y le exigió con la mirada que hablara de una vez por todas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido