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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 102

—Yo… yo tengo algo que hacer.

—Todos están adentro. Por lo menos entra a saludar, tómate una copa. Hazlo por mí, ¿quieres?

Gabriel carraspeó.

—¿Y cómo no le voy a hacer el favor, señor Rodríguez?

Ignacio se quedó un poco desconcertado. Le estaba echando una mano y el otro se subía al ladrillo como si nada.

—Pues entonces tendré que agradecerle mucho, señor Ibáñez, por concederme el honor.

Gabriel entró con Ignacio. El restaurante era una especie de casona antigua de tres patios, con muros pantalla, corredores con arcos, y hasta un jardín con fuentes y un pequeño estanque que le daban un ambiente muy especial.

Mientras seguía a Ignacio, no dejaba de mirar a todos lados, buscando a Isabella. Pero todas las salas privadas tenían las cortinas corridas, así que era imposible ver quién estaba adentro.

Caminaron hasta el último patio. A diferencia de los anteriores, que estaban llenos de gente y ruido, este era un remanso de paz. Hasta los meseros caminaban de puntillas al servir.

No fue hasta que entraron a una de las salas que se escuchó el bullicio de la conversación.

Gabriel vio de inmediato a Jairo Crespo, sentado en el lugar de honor. Al ver un asiento vacío a su lado, pensó en acercarse.

—Señor Ibáñez, siéntese.

Ignacio lo detuvo y le señaló un asiento cerca de la puerta.

El rostro de Gabriel se ensombreció.

—Voy a cruzar un par de palabras con Jairo.

—Al señor Crespo no le gusta que lo interrumpan cuando come. Mejor espere a otra ocasión, señor Ibáñez —dijo Ignacio, tratando de que se sentara.

—Yo… tengo algo que hacer, mejor no me siento.

La actitud cálida de Ignacio se desvaneció al escuchar eso, y su sonrisa se borró.

—Ah, entonces fui yo el que se quiso pasar de listo al insistirle que se quedara.

A Gabriel no pareció importarle el cambio de actitud de Ignacio.

—Ustedes sigan, yo ya me voy.

Un joven que estaba sentado cerca, vestido con una camisa floreada, soltó una risita burlona.

—Señor Ibáñez, ¿no le gusta este lugar? Si quiere, le cambio el asiento.

Jairo cubrió su copa con la mano.

—Te agradezco el detalle, pero no me atrevo a probarlo.

***

Isabella e Iria tuvieron una charla muy agradable. Cuando salieron, afuera se había soltado un aguacero.

Pensó que Gabriel ya se habría ido, pero lo vio resguardándose bajo un alero, mirando de vez en cuando hacia el interior del restaurante.

Todavía la estaba esperando.

Le dijo a Iria que se adelantara y regresó al patio trasero, con la intención de preguntarle a un mesero si había una salida por atrás.

Había bebido un poco y no quería enredarse con Gabriel; temía salir perdiendo.

Pero mira qué casualidad, se topó con Ignacio. Salía de uno de los salones privados, corriendo y con arcadas.

Ella, por curiosidad, se asomó al salón y vio a Jairo, con un cigarro en la boca, reclinado y sonriendo con un aire totalmente desenfadado y canalla.

***

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