Isabella estaba molestando a Jairo a propósito, pero mientras lo hacía, se dio cuenta de que él estaba reaccionando de nuevo…
—Tú…
Jairo se tumbó sobre ella, respiró hondo varias veces, y luego se levantó, se vistió y bajó furioso a pedirle cuentas a Iván.
Cuando la puerta se cerró, Isabella se cubrió la cabeza con la manta y soltó un grito ahogado. ¿Cómo había pasado lo de anoche?
Él la besó de repente, ella se resistió, él la besó de nuevo, y entonces ella también empezó a sentir calor. Él la llevó a la cama y ella dejó de pensar, e incluso empezó a desearlo…
No, algo no cuadraba.
Isabella se vistió a toda prisa, se aseó un poco y bajó corriendo.
—¡Hijo, no la tires! ¡Ay, mi tesoro!
Siguiendo el sonido, llegó al baño del primer piso y vio a Jairo vaciando una enorme jarra de vino en el inodoro. Del líquido salían un montón de hierbas medicinales que no reconocía.
—¡Este vino lleva tres años macerándose! ¡Está lleno de cosas buenas!
Iván saltaba de la angustia, pero solo se atrevía a quejarse de palabra, sin animarse a detenerlo.
Isabella no necesitó adivinar lo que pasaba. El vino que el viejo le había dado a Jairo anoche venía de esa jarra.
Y el vino de esa jarra no podía ser otra cosa que una bebida con efectos afrodisíacos, y muy potentes.
Isabella resopló y se acercó a Iván. Al verla, él bajó la cabeza, culpable.
—Anoche no solo era el vino, ¿verdad?
—¿Qué problema? ¿Qué problema va a haber? —dijo el viejo, haciéndose el tonto.
—¡Confiesa ahora y quizás consigas que seamos indulgentes!
—…
—¿Hoy quieres enemistarte con los dos?
—Yo… solo le puse unas hierbas nutritivas al pollo.
—¿Y qué más?
—La sopa de verduras en realidad estaba hecha con caldo de tortuga.
—Ja.
—Las albóndigas que tanto te gustaron… esas son la clave. Les puse unos ingredientes especiales. No te diste cuenta, ¿verdad? Te diré, tienen…
Isabella recordó la fiereza con la que él la había deseado anoche, y lo mucho que le había costado contenerse. Se sonrojó.
—Creo que también debería haberte roto la jarra en la cabeza.
Dicho esto, se fue, también enfadada.
***
En el carro, Isabella pensó que el ambiente sería incómodo, pero Jairo no paró de hacer llamadas de trabajo. Una tras otra. Cuando por fin colgó, ya habían llegado a la entrada de su casa.
—Hoy es fin de semana. Ve a buscar el remedio a la clínica del doctor Estrada. Le diré que te lo tenga preparado —le ordenó él.
—De acuerdo. ¿Tú no descansas?
—Tengo un viaje de trabajo estos días.
—Ah.
Jairo se dio cuenta de que, aunque Isabella ya se había bajado, seguía apoyada en la puerta del carro. Arqueó una ceja.
—¿Pasa algo más?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...