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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 113

Estaban en un tercer piso. No era seguro que se matara si saltaba.

Isabella señaló hacia arriba.

—Si de verdad quieres acabar con todo, te aconsejo que saltes desde la azotea.

Dicho esto, y bajo la mirada incrédula de Gabriel, se dio la vuelta y se fue.

Apenas había bajado unos escalones cuando Gabriel la alcanzó.

—¡Bella, puedo morir, pero no soporto la idea de perderte!

—¡Voltéame a ver! ¿De verdad tienes el corazón para herirme así?

—¡Te amo, no voy a terminar contigo, no me voy a divorciar!

En ese momento, Isabella sentía una mezcla de rabia y hartazgo. ¡Un hombre hecho y derecho haciendo semejante berrinche! No tenía vergüenza.

Bajó las escaleras y caminó a grandes zancadas hacia el otro lado de la calle. Pero justo a mitad de camino, un carro apareció de la nada y se dirigió directo hacia ella. Se quedó paralizada del susto, sin tiempo para reaccionar. Al instante siguiente, alguien la empujó por la espalda. Sonó el chirrido de los frenos y, cuando Isabella se giró, vio a Gabriel tirado en el suelo, atropellado.

Se quedó helada.

Gabriel había arriesgado su propia vida para salvarla…

Ahora estaba allí, en el suelo, con el rostro contraído por el dolor, pero mirándola a ella con preocupación.

—Bella… ¿estás bien?

Isabella respiró hondo. Primero llamó al 911 y luego se acercó a Gabriel. Le echó un vistazo rápido. No sangraba, así que probablemente no estaba gravemente herido.

—Aguanta un poco, la ambulancia ya viene.

—Bella… tú… ay… ¡qué bueno que estás bien! —dijo él, apretándole la mano.

—Yo estoy bien, preocúpate por ti —respondió Isabella, frunciendo el ceño.

—Bella… tienes que creerme… te amo… en esta vida solo te he amado a ti…

—…

—Quizás cometí errores, pero mi amor por ti nunca ha cambiado.

—…

—Podemos volver a como éramos antes, por favor, no me dejes.

Y esa verdad le daba aún más asco.

***

En el hospital, las heridas de Gabriel no eran graves, pero se había golpeado la cabeza y necesitaba quedarse en observación una noche.

Los señores Ibáñez y Otilia llegaron a toda prisa. Al ver a Isabella sentada en el pasillo, se enfurecieron.

—¡Si no fuera porque no paras de hacer dramas, Gabriel no estaría así!

—¡Mi hijo se lastimó por salvarte! ¡Tienes que hacerte responsable!

—Bella, ya no vuelvas a hablar de divorcio. Gabriel te quiere tanto que arriesgó su vida por ti. Sería muy cruel de tu parte si lo vuelves a mencionar.

Los tres entraron en la habitación. Isabella bajó la cabeza, con la mente hecha un lío.

Un policía se acercó para preguntarle sobre el accidente. Ella recordó la escena y le contó lo que había pasado. Pero cuando el policía se fue, de repente recordó algo: como en esa zona no había semáforos, había mirado a ambos lados antes de cruzar. El carro parecía estar estacionado a un lado de la calle, y solo arrancó cuando ella ya estaba en el asfalto, dirigiéndose directamente hacia ella…

No, algo no cuadraba.

***

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