—¿Un millón? —exclamó Diana con los ojos desorbitados—. ¿Qué pasa, en tu casa se están muriendo de hambre? ¿Estás vendiendo a tu hija?
Al oír eso, Casandra empezó a arremangarse de nuevo.
—¿Quién está vendiendo a su hija? ¡Atrévete a repetirlo!
La verdad es que Diana le tenía un poco de miedo, pero al fin y al cabo estaba en su casa, con su esposo y su hijo presentes. ¡No iba a permitir que esa mujerzuela la humillara!
Con ese pensamiento, Diana se plantó con las manos en la cintura y dio un paso al frente.
—Ya tienen el acta de matrimonio, y ella ya está embarazada. ¿Y ahora vienes a hablar de dote? ¡No hay nada!
—¿Así que te vas a hacer la tonta conmigo? —rio Casandra—. ¡Pues ahora verás lo que es ser una verdadera descarada!
Dicho esto, se sentó en el suelo y se puso a llorar a gritos.
—¡Dios mío, ten piedad! ¡Ya no hay esperanza para nosotros los pobres! ¡Esta familia, solo porque tiene un poco de dinero, se cree con derecho a humillarnos! ¡A mi hija, una muchacha decente, la han deshonrado! ¡Y ahora que está embarazada, nosotros, sus padres, ni siquiera lo sabíamos!
—¡Oti, mi pobre hija! ¡Cuánto has debido de sufrir cuando tu madre no estaba contigo!
—¡Y encima dicen que la estoy vendiendo! ¡Entonces ustedes la secuestraron! ¡Voy a ir a la policía a denunciarlos para que los metan a todos en la cárcel!
Casandra lloraba y gritaba, golpeando el suelo con un ritmo casi teatral. Su actuación era más convincente que la de cualquier actriz de telenovela.
La familia Ibáñez nunca había presenciado un espectáculo así. Uno por uno, sus rostros se ensombrecieron.
Raúl intentó escabullirse escaleras arriba, pero Casandra se arrastró hasta la base de la escalera para impedirle el paso.
Diana quiso callarla, pero ella se tiró al suelo y amenazó con morirse allí mismo si se atrevía a tocarla. Desesperada, Diana solo pudo pedirle a Manuela que cerrara bien las puertas y ventanas. Los trapos sucios se lavan en casa; qué vergüenza.
A Gabriel se le marcaron las venas de la frente por la rabia. Señaló a Otilia y le exigió que se llevara a su madre de allí.
Otilia también se sentía avergonzada, pero su madre no le hacía ningún caso.
En medio de todo el caos, Isabella entró, fingiendo no tener ni idea de lo que pasaba.
—¿Pa-pasó algo?
Al verla entrar, los tres Ibáñez y Otilia se sobresaltaron.
—¡No, no ha pasado nada!
Gabriel corrió a detener a Isabella, mientras el matrimonio Ibáñez y Otilia intentaban taparle la boca a Casandra.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...