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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 130

—Ay, ¿cuándo tendrá nuestra Oti una casa así de grande y bonita?

—Cuando se case, que se la compre su esposo.

—El problema es que a su esposo lo seduzca una zorra y se gaste todo el dinero en ella.

Isabella sintió una punzada. ¿La estaba insultando a ella?

«Vaya, si nos vamos a esas, yo estuve con Gabriel primero. Si hay una zorra aquí, sería su hija, ¿no?».

—Señora, voy a ir al centro comercial a comprar unas cosas. Si no tiene nada que hacer, puede venir conmigo.

—¡Claro! También quiero ver cómo compran los ricos en las tiendas.

Isabella le siguió el juego a Casandra.

—Yo no tengo dinero, pero mi esposo sí.

Casandra no pudo evitar un comentario ácido.

—Sí, te conseguiste un buen esposo.

Después de desayunar, Isabella estaba a punto de subir a cambiarse cuando sonó el timbre.

Fue a abrir y se encontró con Gregorio, el chofer de Jairo. Le entregó un juego de llaves y señaló un Porsche rojo estacionado afuera, diciendo que Jairo se lo había enviado.

Isabella supuso que, como la noche anterior se le había olvidado ir por la medicina a lo del doctor Estrada, le había dado el carro para facilitarle las cosas.

Todo por el bebé, al fin y al cabo.

El objetivo de Jairo siempre había sido claro, y el de ella también.

Isabella no se negó y aceptó las llaves.

Subió a cambiarse y, cuando bajó, vio a Casandra dando vueltas alrededor del Porsche.

—Señora, suba —le dijo, abriéndole la puerta.

A Casandra se le enrojecieron los ojos al ver el carro.

—¿Este también te lo compró tu esposo?

Isabella asintió.

—Sí.

—¡Ay, Dios mío! ¡No tiene miedo de quedarse en la ruina! —A Casandra le dolía hasta el alma.

Isabella sonrió, divertida.

—Mi esposo me compra un carro, ¿y a usted qué le preocupa?

—Es que… creo que ustedes los jóvenes deberían ser más ahorradores.

—Señora, ¿a qué se refiere?

—¡No puedes gastar el dinero así, a manos llenas! ¡Ni que fuera tuyo!

Isabella esbozó una leve sonrisa. Por supuesto que no iba a gastar el dinero de Gabriel. Cada centavo que gastaba era suyo.

—Lo de mi esposo es mío.

—Ni siquiera tu esposo es tuyo, así que su dinero tampoco lo es.

—¿Qué dice?

—Yo…

De repente, recordó la advertencia de la familia Ibáñez. Si se atrevía a contarle la verdad a Isabella, no solo le quitarían el millón que le habían dado, sino que harían que Gabriel y Otilia se divorciaran.

—Solo… solo bromeaba.

Isabella enarcó una ceja.

—Qué graciosa.

Al salir, Isabella dijo que iba al baño. Al tomar su bolso, dejó caer a propósito una tarjeta negra. Vio cómo Casandra, después de que ella se fuera, la recogió a escondidas y la guardó en su propio bolso.

***

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