Cuando Isabella salió del baño, Casandra ya se había ido.
[Bella, me surgió algo que hacer. No me esperes.]
Casandra le había enviado un mensaje.
Isabella sonrió para sus adentros. Parecía que al volver a casa le esperaba otro buen espectáculo.
Pero antes de volver, tenía que pasar por lo de Fernando a tomar su medicina.
En el camino, Emilio la llamó. Le dijo que había surgido un problema en el centro comercial y que necesitaban que el Grupo Crespo les diera más tiempo para los preparativos.
Al oír eso, Isabella detuvo el carro a un lado de la carretera.
—¿Qué problema hubo?
—Habíamos planeado comprar la tienda de electrodomésticos que está a la izquierda del centro comercial para convertirla en el área de ocio y entretenimiento. Ya habíamos acordado el precio con ellos y redactado el contrato, pero hoy, minutos antes de firmar, de repente se echaron para atrás.
—¡Te pregunté antes y me dijiste que ya habían firmado!
—Sí, ese día también íbamos a firmar, pero el representante tuvo un accidente de carro de camino y lo pospusimos un par de días. Pensé que no habría problema, no me imaginé que se arrepentirían.
Isabella respiró hondo.
—Sabes que cerramos el trato con poco tiempo de antelación. El Grupo Crespo ya empezó las obras y han ralentizado el ritmo a propósito para esperarnos. Si no podemos conectar nuestro proyecto con el suyo a tiempo, las pérdidas serán enormes.
—Lo sé, fue mi error.
Ahora no era momento de buscar culpables. Lo pensó un momento y dijo:
—Yo hablaré con el Grupo Crespo. Tú, por tu parte, tienes que conseguir esa tienda de electrodomésticos a cualquier precio.
—De acuerdo, entendido.
Mientras conducía hacia el consultorio del doctor Estrada, Isabella no dejaba de pensar en qué excusa darle al Grupo Crespo. No tenían muchas cartas a su favor, mientras que el Grupo Crespo tenía demasiadas opciones. No era una colaboración entre iguales.
Si no lo manejaba bien, podrían quedar fuera del proyecto.
*Toc, toc…*
El sonido en la ventanilla del carro la sobresaltó. Se giró y vio a Fernando. Había golpeado un par de veces y ahora se tapaba los ojos con las manos para intentar ver el interior.
Isabella sonrió y bajó del carro por el otro lado.
Fernando la fulminó con la mirada y se metió de nuevo en el consultorio, indignado.
Con su bata blanca de cuello mao, su calvicie y su característica barba canosa, decir que vendía veneno para ratas era cruel, pero llamarlo médico milagroso también era un poco exagerado.
El viejecito ya le había preparado la medicina. Se la calentó y se la sirvió.
—Tu esposo dice que no eres de fiar, que no tienes palabra, y que te vigile mientras te la tomas.
Dicho esto, el viejecito se disponía a sentarse para supervisarla, pero llegó un paciente y tuvo que ir a atenderlo.
Isabella resopló y, tras pensarlo un momento, sacó el celular y le hizo una videollamada a Jairo.
Sonó un par de veces antes de que contestara. No sabía dónde estaba, el lugar parecía un poco desordenado y él estaba apoyado en una pared de ladrillos, fumando.
—¿Necesitas algo? —preguntó, soltando una bocanada de humo.
Con un rostro tan perfecto, debería parecer un caballero refinado o un ser celestial, pero siempre tenía el ceño fruncido, hablaba de forma cortante y venenosa, y cuando sonreía, era siempre con sarcasmo.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...