Y en ese momento, además, se le notaba impaciente, como si ella lo estuviera molestando.
Isabella, sin más, tomó el tazón de caldo negro, se lo bebió de un trago y luego lo volteó, con un aire de desafío.
Jairo esbozó una sonrisa.
—¿Hoy sí trajiste el cerebro?
—Puedes dudar de cualquier otra cosa de mí, pero no de mi palabra. Es la base de mi reputación —dijo Isabella, enfatizando cada sílaba.
—¿Cualquier otra cosa? ¿Como tu personalidad? ¿Tu inteligencia? ¿O quizá tu apariencia? ¿Tu cuerpo?
—¡Eso no es lo importante!
Jairo soltó una risa ahogada, dio una calada profunda a su cigarro y se dispuso a colgar.
—Oye, ¿qué te pasó en el brazo?
Isabella vio que el brazo que Jairo levantaba tenía un corte bastante grande. La sangre había manchado de rojo una parte de su camisa blanca.
Jairo miró su brazo con indiferencia.
—Me golpeé sin querer.
Era una excusa obvia, pero Isabella no quiso insistir.
—Deberías ir a un hospital a que te lo venden.
—Aquí no hay hospitales.
—Un consultorio también sirve, para que te pongan algo.
—Tampoco hay consultorios.
—La herida se ve grande, ¿te duele mucho?
Jairo la miró a través de la cámara y fingió un quejido.
—La verdad es que sí duele bastante.
Isabella, al ocurrírsele algo, le pidió a Jairo que levantara el brazo.
Jairo, sin entender, lo levantó.
A través de la cámara no se veía la herida con claridad, pero parecía profunda y seguía sangrando. Isabella lo pensó un momento, se acercó a la pantalla y sopló.
—Listo, ya no duele.
Jairo soltó una risa burlona.
—¿Qué, me echaste aire mágico?
—¡Es que me preocupas!
—Soplar no sirve de nada, necesito un analgésico.
—Yo tengo, pero no te lo puedo hacer llegar.
Jairo se quedó sin palabras por un momento.
—Cuelga ya, que tu amor está muy ocupado.
Isabella colgó, satisfecha, y se encontró con la mirada de Fernando, que la observaba negando con la cabeza.
—Ya veo que algunas personas no tienen límites cuando se trata de conseguir lo que quieren.
—¿Y esto qué es? —resopló Isabella—. Una vez casi adopto a una madrina para cerrar un trato.
Después de colgar, Jairo sonrió en silencio y recogió la barra de hierro que había dejado en el suelo. Se pegó a la pared, escuchando los pasos que se acercaban. Su rostro se volvió cada vez más serio. Respiró hondo, salió de la esquina de repente y golpeó con fuerza a la persona que venía.
Se escuchó un grito y el hombre cayó al suelo, agarrándose la cabeza.
Media hora después, llegó la policía y también Hernán.
—Señor Crespo, ¿está usted bien?
Jairo negó con la cabeza. De camino a firmar el contrato, un camión le había cerrado el paso y luego unos matones lo habían perseguido hasta allí.
—Parece que alguien no quiere que firmemos este contrato hoy.
—Quieren posponerlo.
—O firman el contrato hoy, o su empresa se va a la quiebra. Que elijan.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...