Aunque todavía era temprano, la foto de sí misma le había quitado a Isabella todo el sueño.
Se puso ropa deportiva y se dispuso a salir a correr. Al bajar, escuchó voces en el comedor.
—Dices que te avergüenzo, pero ¿por quién lo hago? ¡Por ti! —decía Casandra mientras le servía el desayuno a Otilia.
Otilia lo apartó, todavía enfadada.
—No tengo hambre.
—Aunque no tengas hambre, tienes que comer. Hazlo por el bebé que llevas dentro —insistió Casandra, acercándole de nuevo el desayuno—. Él es tu mejor carta, tu garantía para hacerte un lugar en la familia Ibáñez.
—¡Pero cómo se le ocurre usar la tarjeta de los Ibáñez y comprar esas cosas!
—Si Isabella puede usarla, tú también. Y como soy tu madre, yo también puedo. Y en cuanto a esa lencería roja, ¡te la compré a ti!
—¿Me la compró a mí?
—Aunque solo llevo dos días aquí, ya me di cuenta. Dicen que es por el proyecto de la empresa, y los viejos Ibáñez quizá lo piensen así, pero Gabriel tiene otras intenciones. Le gusta Isabella, ¿verdad?
—…
—¡Ja! Por eso, si no puedes ganarte su corazón, tienes que ganarte su cuerpo. Tienes que dominarlo, hacer que se vuelva adicto a ti, que no pueda dejarte. A los hombres, en realidad, no les importa a quién aman, ¡lo que les importa es en la cama de quién se meten!
Otilia suspiró.
—Ese principio lo entiendo, pero Gabriel es mi esposo. ¿Por qué tiene que ser Isabella la que se gane su corazón?
—También te está usurpando tu puesto de señora Ibáñez. ¡Así que tenemos que encontrar la forma de recuperar el corazón de tu esposo y tu lugar!
Otilia asintió.
—¡Sí, lo recuperaré!
—¡Mamá se quedará en Nublario para ayudarte!
—¡De acuerdo!
Madre e hija se sintieron llenas de entusiasmo por un momento, pero no duró mucho.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...