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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 139

Aunque todavía era temprano, la foto de sí misma le había quitado a Isabella todo el sueño.

Se puso ropa deportiva y se dispuso a salir a correr. Al bajar, escuchó voces en el comedor.

—Dices que te avergüenzo, pero ¿por quién lo hago? ¡Por ti! —decía Casandra mientras le servía el desayuno a Otilia.

Otilia lo apartó, todavía enfadada.

—No tengo hambre.

—Aunque no tengas hambre, tienes que comer. Hazlo por el bebé que llevas dentro —insistió Casandra, acercándole de nuevo el desayuno—. Él es tu mejor carta, tu garantía para hacerte un lugar en la familia Ibáñez.

—¡Pero cómo se le ocurre usar la tarjeta de los Ibáñez y comprar esas cosas!

—Si Isabella puede usarla, tú también. Y como soy tu madre, yo también puedo. Y en cuanto a esa lencería roja, ¡te la compré a ti!

—¿Me la compró a mí?

—Aunque solo llevo dos días aquí, ya me di cuenta. Dicen que es por el proyecto de la empresa, y los viejos Ibáñez quizá lo piensen así, pero Gabriel tiene otras intenciones. Le gusta Isabella, ¿verdad?

—…

—¡Ja! Por eso, si no puedes ganarte su corazón, tienes que ganarte su cuerpo. Tienes que dominarlo, hacer que se vuelva adicto a ti, que no pueda dejarte. A los hombres, en realidad, no les importa a quién aman, ¡lo que les importa es en la cama de quién se meten!

Otilia suspiró.

—Ese principio lo entiendo, pero Gabriel es mi esposo. ¿Por qué tiene que ser Isabella la que se gane su corazón?

—También te está usurpando tu puesto de señora Ibáñez. ¡Así que tenemos que encontrar la forma de recuperar el corazón de tu esposo y tu lugar!

Otilia asintió.

—¡Sí, lo recuperaré!

—¡Mamá se quedará en Nublario para ayudarte!

—¡De acuerdo!

Madre e hija se sintieron llenas de entusiasmo por un momento, pero no duró mucho.

Otilia había terminado el diseño el día anterior y se lo había enviado directamente a Isabella, pero como no quería hablar con ella, no le avisó.

Hoy no iba a trabajar; tenía que llevar a su madre a devolver las compras.

Cuando compraron, los empleados las atendieron con una sonrisa, pero al devolver las cosas, la actitud fue completamente diferente.

—¿Está segura de que quiere devolver esta prenda? Se la vendimos a su madre con un descuento especial y le explicamos claramente que no se podía devolver.

—Este par de zapatos no tiene ningún defecto. Para devolverlos necesita una razón.

—¿No pensó bien si podía permitirse este precio antes de comprar? Con todo respeto, si no puede pagarlo, no entre a nuestra tienda a hacernos perder el tiempo.

—Le ha quitado la etiqueta e incluso lo ha usado, ¿y todavía quiere devolverlo? ¿No le da vergüenza?

Devolvieron pocas cosas, pero recibieron muchos insultos.

El rostro de Otilia se ensombrecía cada vez más. Y en cuanto a la lencería roja, simplemente no tuvo el valor de volver a entrar a esa tienda.

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