No pudo evitar soltar una risa, lo que encendió aún más la furia de todos.
—Dicen que soy una asesina, ¿no? —Isabella arqueó una ceja—. ¿Y por qué no llaman a la policía?
Ante esa pregunta, tanto los Ibáñez como las Soto se pusieron nerviosos.
—¿Te… te atreves a decir que llamemos a la policía? —resopló Diana—. ¡Lo hacemos por los viejos tiempos, no queremos meterte a la cárcel!
—¿Iba a matar a su nieto y todavía me guardan consideración por los viejos tiempos?
—Al fin y al cabo, sigues siendo la nuera de la familia Ibáñez, nosotros…
Isabella se rio a carcajadas.
—Ah, ya entendí. Es para no sacar los trapos sucios en público.
—¡Tú!
—Si la familia Ibáñez no llama a la policía, ustedes pueden hacerlo —dijo, mirando a Casandra y Otilia—. Miren qué corazón tan cruel y qué mano tan dura tengo, casi las mato a ti y al bebé que llevas dentro.
—Bella, al final de cuentas, eres mi mejor amiga…
—¿Lo somos? —replicó Isabella, arqueando una ceja.
Bajo la mirada burlona de Isabella, Otilia no pudo evitar acariciarse el vientre.
—Lastimaste a alguien, no te disculpas y encima te pones arrogante…
—Señora, ¿se lastimó la mano? —la interrumpió Isabella.
Casandra, por instinto, escondió la mano herida detrás de la espalda.
—¡No cambies de tema! ¡Quiero que te disculpes con mi hija!
—Mejor llamemos a la policía. —Isabella sacó su celular—. Qué casualidad que acabo de instalar cámaras de seguridad en mi casa. Así la policía podrá ver con toda claridad las cosas tan crueles que hice.
Y de verdad marcó un número. Todos entraron en pánico, especialmente Casandra, que se abalanzó para quitarle el celular.
Isabella sonrió con desdén. Vaya panda de idiotas.
Acababa de mudarse a esa casa y ni siquiera había tenido tiempo de instalar cámaras. Solo las estaba tanteando, y habían caído redonditas.
Al oír la confesión, la familia Ibáñez se dio cuenta de que las Soto los habían engañado, y sus caras se pusieron lívidas.
—Bella, te juzgué mal, te pido una disculpa. Pero tú también tienes la culpa, debiste decir desde el principio que te estaban incriminando, ¡yo te habría creído! —dijo Gabriel, acercándose a Isabella.
Isabella chasqueó la lengua. Increíble que en un momento así todavía pudiera echarle la culpa a ella. Gabriel era todo un caso.
Pero ella no tenía buen carácter.
Isabella levantó la mano y le dio una bofetada con todas sus fuerzas.
—¡Así que el hijo que espera Otilia es tuyo!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...