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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 145

Gabriel ya no tenía la arrogancia de antes. Ahora se frotaba las manos, nervioso y asustado, queriendo explicarse, pero sin saber cómo.

—Bella, Bella, yo te amo.

—¡Qué asco!

Isabella se dio la vuelta para irse, pero Gabriel corrió tras ella y le bloqueó el paso.

—Bella, no quería hacerte daño, yo solo…

—¡Quítate!

Isabella le dio una patada en la rodilla. Como llevaba tacones, el golpe no fue nada suave.

Gabriel soltó un quejido de dolor, pero al ver que Isabella insistía en irse, se arrodilló de golpe frente a ella.

—Te amo, solo te amo a ti. Pero… ¡también quería un hijo! Tú no puedes tenerlos, ¿qué otra opción tenía? Tuve que buscar a alguien que me diera uno.

Gabriel soltó aquella justificación descarada como si nada.

Isabella lo miró de nuevo. ¿De verdad este era el hombre al que había amado durante seis años?

Sintió una vergüenza terrible.

—Entonces, al final, todo es mi culpa. ¿Mi culpa por haberme dañado el útero para salvarte en el accidente de carro y no poder darte un hijo?

—¡Hubiera preferido que no me salvaras!

—…

—¡Aunque hubiera quedado gravemente herido y necesitara mucho tiempo para recuperarme, tú estarías bien! ¡Nos habríamos casado y me habrías podido dar hijos!

—¿Y si hubieras muerto?

—…

Isabella no pudo evitar reír.

—Quieres salvar tu vida, quieres un hijo y también me quieres a mí, ¿no?

—¿Y qué tiene eso de malo? —preguntó Gabriel, levantando la vista, como si de verdad no viera nada malo en ello.

Isabella suspiró.

—¿Y tú, Gabriel, con qué derecho?

—¿Divorcio? Bueno, ya que estoy en el hospital, mejor aprovecho y me saco a este niño de una vez —dijo Otilia, que no había hablado hasta entonces.

—¡Otilia, cómo te atreves a decir algo así! —le gritó Diana.

Otilia sonrió con amargura y levantó la vista hacia Diana.

—Ahora me doy cuenta de que tragarme las humillaciones no sirve de nada, solo hace que abusen más de mí. ¿Su familia todavía quiere a este bebé, verdad? ¡Pues entonces empiecen a respetarnos a mi madre y a mí!

Diana sintió que se mareaba de la rabia.

—¡Ay, qué hemos hecho en la familia Ibá-ñez para merecer esto! ¡Parece que todas vienen a cobrarnos una deuda!

***

Isabella salió del hospital y fue al bar al que Ana la había llevado una vez.

Al llegar, recordó que el bar era solo para socios y que no cualquiera podía conseguir una membresía. Justo cuando se disponía a irse, se dio la vuelta y vio a Jairo.

Él vestía pantalones de traje y una camisa blanca. Con las manos en los bolsillos, estaba de pie a unos pasos de distancia, mirándola con una sonrisa fría y despreocupada.

***

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