Se veía amargo, y de hecho, era un brebaje increíblemente amargo.
A Isabella ya le daban náuseas de solo verlo. Lo odiaba tanto que, en cuanto lo tenía delante, se le llenaban los ojos de lágrimas.
Y Jairo, después de calentárselo y dejárselo enfrente, se fue al sofá a hablar por teléfono, riendo y conversando animadamente con quién sabe quién.
De vez en cuando le echaba una mirada, con una actitud totalmente despreocupada, como si el asunto no fuera con él…
¡No era justo!
Isabella se sintió profundamente indignada y, tras beberse el brebaje de un trago, con la boca llena de amargura, una idea cruzó su mente.
Corrió hacia Jairo.
Él, al ver su expresión maliciosa, adivinó de inmediato sus intenciones. Así que, cuando ella se abalanzó, la detuvo con la otra mano en la frente.
Isabella no se rindió tan fácilmente. Se las arregló para sentarse en su regazo, abrazándole la cintura para no caerse, y luego frunció los labios para besarlo.
Jairo sonrió de lado. Con su mano controlando la frente de Isabella, la dejó patalear y manotear todo lo que quisiera; era inútil, no podía acercarse.
—Veinticinco por ciento, cien millones, directo a la cuenta de su empresa, sin condiciones adicionales.
—Señorita Quintero, el hecho de que haya contestado su llamada personal significa que estoy tratando este asunto como una conversación entre amigos.
Jairo hablaba por teléfono mientras mantenía a raya a Isabella. Tenía la situación bajo control, pero no contó con un ataque sorpresa.
—Mi amor…
Aquel susurro meloso hizo que la mano de Jairo temblara por un instante. Ella aprovechó para lanzarse, pero calculó mal el ángulo y se golpeó la barbilla contra la de él.
Jairo soltó un quejido y no tuvo más remedio que sujetarle la nuca, presionándola contra su hombro.
—Ejem, señor Crespo, ¿lo estoy interrumpiendo? —preguntó la persona al otro lado de la línea con tono burlón.
Jairo respiró hondo.
—Se metió un gato salvaje a la casa.
La otra persona guardó silencio un momento, probablemente pensando: «¿Un gato que te llama “mi amor”? ¡A otro perro con ese hueso!».
—Veinticuatro por ciento. Si acepta, cuelgo ahora mismo y no le hago perder más de su valioso tiempo.
—Así que sabes que me estás haciendo perder el tiempo.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...