A Isabella le dio un vuelco el corazón y se acercó a él lentamente.
—Señor Crespo, qué coincidencia encontrarlo aquí.
—¿Y dónde es «aquí»? —preguntó Jairo, arqueando una ceja.
—En un bar…
—Ja.
—Tenía hambre y vine a cenar.
—¿Vienes a un bar específicamente para cenar?
—El arroz frito con trufa negra de aquí es delicioso, me encanta.
Jairo la tomó de la mano, la llevó adentro y la sentó en un privado. Incluso le pidió al mesero un plato de arroz frito con trufa negra.
—Espérame aquí.
—Como muy rápido…
—Pues come más despacio. Grano por grano. Cuando vuelva, me dices cuántos granos de arroz tiene el plato.
—…
«¡Este tipo es un maniático!», pensó.
Jairo soltó un bufido y salió.
El arroz frito llegó enseguida y se veía increíblemente apetitoso, pero Isabella no pudo resistirse y le pidió al mesero un vaso de tequila.
Cuando Jairo terminó su reunión, entró al privado y vio a Isabella apoyada en la mesa, con los ojos llenos de lágrimas, mirando el vaso de tequila frente a ella.
No pudo evitar sonreír y se acercó.
—¿Tantas ganas tienes?
Al oír su voz, Isabella levantó la cabeza de golpe, y justo en ese momento, las lágrimas que había estado conteniendo se derramaron.
—No tengo ganas, para nada quiero beber…
—¿Entonces por qué lloras?
—Yo…
Lloraba por los seis maravillosos años de su juventud que había desperdiciado amando a un hombre tan hipócrita, egoísta y ruin como Gabriel. Sentía rencor y rabia, y quería beber para ahogar las penas, pero no podía.
Uf, qué lástima se daba a sí misma.
Con ese pensamiento, las lágrimas de Isabella cayeron con más fuerza.
—Yo, Isabella, cumplo mis promesas. ¡No voy a beber bajo ninguna circunstancia!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...