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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 146

A Isabella le dio un vuelco el corazón y se acercó a él lentamente.

—Señor Crespo, qué coincidencia encontrarlo aquí.

—¿Y dónde es «aquí»? —preguntó Jairo, arqueando una ceja.

—En un bar…

—Ja.

—Tenía hambre y vine a cenar.

—¿Vienes a un bar específicamente para cenar?

—El arroz frito con trufa negra de aquí es delicioso, me encanta.

Jairo la tomó de la mano, la llevó adentro y la sentó en un privado. Incluso le pidió al mesero un plato de arroz frito con trufa negra.

—Espérame aquí.

—Como muy rápido…

—Pues come más despacio. Grano por grano. Cuando vuelva, me dices cuántos granos de arroz tiene el plato.

—…

«¡Este tipo es un maniático!», pensó.

Jairo soltó un bufido y salió.

El arroz frito llegó enseguida y se veía increíblemente apetitoso, pero Isabella no pudo resistirse y le pidió al mesero un vaso de tequila.

Cuando Jairo terminó su reunión, entró al privado y vio a Isabella apoyada en la mesa, con los ojos llenos de lágrimas, mirando el vaso de tequila frente a ella.

No pudo evitar sonreír y se acercó.

—¿Tantas ganas tienes?

Al oír su voz, Isabella levantó la cabeza de golpe, y justo en ese momento, las lágrimas que había estado conteniendo se derramaron.

—No tengo ganas, para nada quiero beber…

—¿Entonces por qué lloras?

—Yo…

Lloraba por los seis maravillosos años de su juventud que había desperdiciado amando a un hombre tan hipócrita, egoísta y ruin como Gabriel. Sentía rencor y rabia, y quería beber para ahogar las penas, pero no podía.

Uf, qué lástima se daba a sí misma.

Con ese pensamiento, las lágrimas de Isabella cayeron con más fuerza.

—Yo, Isabella, cumplo mis promesas. ¡No voy a beber bajo ninguna circunstancia!

Al principio, Isabella intentó explicarse, pero pronto se dejó llevar. Le rodeó el cuello con los brazos, respondiendo a su beso y deseando más.

Sin saber cómo, acabó sentada completamente en su regazo. Su cuerpo estaba a merced de él; solo podía dejarse llevar, como si él fuera su salvación.

El pelo se le alborotó, la ropa se le desarregló. Aquel beso no tenía nada de inocente.

—¿Suficiente? —preguntó él, con la respiración agitada.

Ella le mordisqueó el labio inferior, perdida en el momento.

—No es suficiente.

Y así comenzó otra ronda de caricias, que la marearon más que si hubiera bebido.

***

Después, Jairo llevó a Isabella a su casa, una residencia independiente en un complejo de lujo en el centro de la ciudad.

La casa tenía tres pisos. El primero era el estacionamiento y una sala donde exhibía sus modelos a escala de todo tipo de carros y figuras. El segundo piso era una zona de ocio con un estudio, un pequeño bar, un gimnasio y una terraza enorme con alberca y un invernadero de cristal. El tercer piso era la zona de descanso, pero solo tenía un dormitorio, una cocina y un comedor; el resto del enorme espacio estaba vacío.

Isabella dio una vuelta y, justo cuando se sentaba en el comedor, Jairo le puso delante un tazón con una infusión oscura que acababa de calentar.

—Bébetelo.

***

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