—¡Sea como sea, era tu padre! —dijo Jaime con voz dolida.
Isabella soltó una carcajada.
—Yo no soy su hija biológica.
—¡Pero él te crio!
—¡A mí me crio mi madre!
—¡Tú… eres una malagradecida!
Isabella fingió sentirse ofendida y, volviéndose hacia Jairo, que estaba a unos metros, gritó:
—¡Mi amor, me está insultando!
Jairo, muy cooperativo, arrojó la colilla del cigarro al suelo y la aplastó con saña con el pie.
—¡Mi esposo dice que si siguen con sus tonterías, hará que ninguno de ustedes pueda seguir en Nublario! —declaró Isabella con arrogancia.
La esposa del tercer tío de Erick no pudo contenerse más.
—¡Me parece que te estás aprovechando de… que abusas de tu poder!
—Qué bien usado ese término. Pues sí, estoy abusando de mi poder. ¿Y qué vas a hacer al respecto? —respondió Isabella, con la misma expresión de suficiencia.
Para proteger el trabajo de Erick, a los Benítez no les quedó más remedio que ceder.
Mover una tumba era un asunto serio, pero a veces las cosas serias se pueden hacer de un día para otro.
Con caras largas, los Benítez, pala en mano, no tardaron en desenterrar la urna con las cenizas de Francisco.
Al ver la caja, los recuerdos que Isabella había reprimido con todas sus fuerzas surgieron de golpe.
«¡No soy tu padre, eres una bastarda que tu madre tuvo con otro hombre!».
«¡Te atreves a correr! ¡Te voy a matar a golpes!».
«¡Quítate la ropa ahora mismo…!».
Isabella se obligó a salir de sus recuerdos. Tenía los ojos enrojecidos, respiraba con dificultad y su cuerpo se tambaleaba…
Al instante siguiente, Jairo la rodeó con sus brazos y la abrazó con fuerza.
Los Benítez se fueron con la urna de Francisco, cabizbajos. Isabella tardó un rato en recuperarse y luego, con una sonrisa, miró a Jairo, triunfante.
—¿A que soy genial?
Jairo primero le dio un beso suave en la frente y luego sonrió.
—¡Genial!
Isabella recordó algo y se rio.
—En realidad, querían llamarme perra con suerte, pero no se atrevieron.
—¿Eres un perro?
—Señorita Quintero, cuánto tiempo sin verla —dijo Mauricio, levantándose para saludarla.
Isabella le pidió que se sentara.
—Seguro ha quedado con alguien, no lo molesto.
—A mí me han invitado —dijo Mauricio, negando con la cabeza—. Pero llevo esperando aquí casi media hora.
Isabella chasqueó la lengua.
—Qué impuntualidad la de esa persona.
—Supongo que se lo puede permitir, al fin y al cabo es el heredero del Grupo Triunfo.
Isabella se sorprendió. ¡Así que la persona que había citado a Mauricio era Gabriel!
Después de su renuncia, era lógico que sus clientes importantes fueran asignados a otros. Que Gabriel se encargara de alguien del nivel de Mauricio tenía sentido, pero citarlo y hacerlo esperar no era nada razonable.
—Desde que te fuiste, el Grupo Triunfo ya no es lo que era —dijo Mauricio con desdén.
Isabella no tenía por qué defender al Grupo Triunfo ni a Gabriel, así que, tras intercambiar un par de frases más con Mauricio, se fue a su mesa.
Ella no tuvo que esperar mucho. Sofía Amaya llegó al poco tiempo.
Sofía era la esposa del dueño de la tienda de electrodomésticos que el Grupo Domínguez quería comprar. Isabella había tenido que mover muchos hilos para contactarla.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...