Isabella también sonrió.
—¿Todavía podemos seguir en Nublario?
—¡Bella, solo estaba bromeando contigo!
—Qué broma tan graciosa. —Isabella siguió sonriendo y luego miró la tumba de su madre—. ¿Por qué hay un zapato viejo sobre la lápida de mi madre?
Erick le lanzó una mirada fulminante a su padre, y Jaime se apresuró a quitarlo.
—Y también hay huellas de zapato —continuó Isabella.
Jaime se dispuso a limpiarlas con la manga de su camisa.
—Creo que con la lengua quedaría más limpio.
—Bella, ¿cómo puedes pedirle a tu tío que…?
—Y toda esa saliva. —Isabella interrumpió a Jaime, paseando la mirada por los rostros de los Benítez—. Quien la escupió, que la lama.
Ante esas palabras, todos los Benítez se quedaron de piedra.
—¡Niña, somos tus mayores, no te pases de la raya! —le gritó una de las tías.
—Erick, con tu inteligencia, no debió ser fácil llegar a gerente general de Juegos Crespo, ¿verdad? —Isabella arqueó una ceja, mirándolo.
Erick apretó los labios. Era una amenaza directa: si no hacía lo que ella decía, haría que Jairo lo despidiera.
—Los asuntos familiares no deberían mezclarse con el trabajo, ¿cierto? —dijo con una sonrisa forzada.
—Buen punto —asintió Isabella, y luego añadió—: ¿Pero por qué tendría que ser razonable contigo?
—Yo… al fin y al cabo, soy tu primo…
—¡Bah! ¿Tú? ¿Crees que estás a la altura? ¿Sabes quién soy yo? ¡Soy Isabella, la esposa del presidente del Grupo Crespo! ¡Estás muy por debajo de mí!
—Tampoco seas tan arrogante.
—Tengo a mi esposo a mi lado, ¿por qué no puedo ser arrogante?
—Tú…
—Lo que le hicieron a mi madre en el pasado, ustedes lo saben muy bien. ¡Hoy mismo se van a arrodillar frente a su tumba y le van a pedir perdón como se debe!
—Cuñada…
—Isabella…
Isabella los interrumpió a todos.
—Llámenla señora Crespo. Mi madre ya no es parte de su familia, ¡así que dejen de darse aires!
No les quedó más remedio que cambiar el tratamiento y, uno por uno, empezaron a inclinarse y a disculparse.
Isabella se agachó junto a la tumba de su madre, sacó unas toallitas húmedas y limpió la suciedad.
No les pidió que la lamieran; sus bocas también estaban sucias y mancharían la lápida de su madre.
—Mamá, he venido a verte. Sé que no quieres verlos, y mucho menos tener a ese animal a tu lado. No te preocupes, hoy mismo te daré la paz que mereces.
Dicho esto, Isabella se giró y miró fijamente a Erick.
—¡Quiero que saques la tumba de Francisco de aquí ahora mismo!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...