Después de acompañar a Mauricio a su carro, Isabella se disponía a ir al estacionamiento.
—Anoche no volviste a casa. ¿Dónde estabas?
Gabriel salió de repente del restaurante y le bloqueó el paso.
—Estuve en casa de otro hombre —respondió Isabella, encogiéndose de hombros.
—¡Isabella! —rugió Gabriel.
—¿Y a ti qué te importa?
—Estamos a punto de casarnos, ¿cómo no me va a importar?
—Ya sé que me engañas con Otilia. ¿De verdad crees que todavía me voy a casar contigo?
—¡Ya te lo dije, solo quería tener un hijo!
—¡Pues felicidades!
Isabella soltó una risa burlona y lo rodeó para seguir hacia el estacionamiento.
—Quiero un hijo y también te quiero a ti. No son cosas incompatibles.
—Pues entonces, por favor, deja de quererme. Me das asco.
—Te puedo prometer que, en cuanto Otilia dé a luz, cortaré toda relación con ella. Traeremos al niño a casa y lo criaremos juntos.
Aquellas palabras hicieron que a Isabella se le revolviera el estómago. Se detuvo, intentó calmarse y se volvió para mirar a Gabriel.
—¿Puedes repetir lo que acabas de decir?
Gabriel le tomó la mano.
—Primero, te amo, de eso no hay duda. En cuanto a Otilia, reconozco que fue un error, pero ya lo he pensado bien: ella es solo un instrumento para darnos un hijo. Cuando nazca el bebé, le daré una suma de dinero para que desaparezca de nuestras vidas, y entonces tendremos nuestro propio hijo. Puedes considerarlo como si fuera tuyo, que te llame mamá, lo crías… Para ti, que no puedes tener hijos, esto es una compensación de mi parte, ¿no crees?
—¡Puaj!
Isabella miró el rostro que una vez había amado, escuchando palabras tan repugnantes, y no pudo evitar una arcada.
—¿Qué te pasa?



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...