Isabella dijo que irían al registro civil a la mañana siguiente, pero Gabriel no se atrevió a responder.
Probablemente se dio cuenta de que Isabella hablaba en serio y de que ya no lo amaba como antes.
Al llegar a casa, se encontró, para su sorpresa, con Otilia y Casandra.
Otilia había salido del hospital y ambas se habían instalado de nuevo en su casa con todo el descaro del mundo, como si no hubiera pasado nada…
—Bella, ya volviste. Le preparé un caldo de pollo a Oti, ¿quieres un poco? —Casandra actuaba como si nada, y se fue a la cocina muy contenta.
Isabella se quedó en blanco por un momento, repasando los últimos acontecimientos.
Otilia le había dicho: «¿Por qué eres tan víbora? ¡Ahórrate tu falsedad! ¡Quieres matar a mi hijo, no quiero ser tu amiga!».
Casandra le había dicho: «¡Le pegaste a mi hija, eres cruel, eres una asesina!».
Madre e hija se habían confabulado para incriminarla. Eso era cierto, ¿verdad?
Y también era cierto que Otilia se había metido con Gabriel a sus espaldas. Aunque lo del matrimonio falso aún no había salido a la luz, el hecho de que el bebé que esperaba fuera de Gabriel era innegable.
Después de todo eso, ¿todavía tenían la cara de quedarse en su casa?
Isabella miró a Otilia. Estaba sentada con la laptop, modificando el borrador del diseño. Al verla, incluso la saludó con la mano.
—Bella, ven a ayudarme. Revísalo hasta que estés completamente satisfecha y nos lo apruebes de una vez —dijo, frotándose la espalda—. Este diseño me tiene sin comer y sin dormir, y ya está afectando al bebé.
Isabella se acercó y se sentó frente a Otilia, con una expresión gélida.
—¿Desde cuándo te andas revolcando con Gabriel?
Al oírla, Otilia se tensó.
—¿Revolcando? Qué feo hablas. Nosotros… fue el año en que conseguiste el proyecto de LM y te dieron un bono enorme. Invitaste a todo el equipo a cenar, pero yo no lo sabía, así que fui a tu departamento con una botella de vino para celebrar contigo.
—Gabriel estaba solo en casa, bebiendo porque decía que lo tenías abandonado por el trabajo. Para consolarlo, me tomé unas copas con él y… bueno, pasó lo que pasó.
Isabella soltó una carcajada.
—Así que llevan cuatro años poniéndome los cuernos.
—En ese momento me sentí fatal por ti. Me quedé día y noche en el hospital, cuidándote.
Al ver la expresión de desprecio en el rostro de Isabella, Otilia hizo un mohín.
—Después fue Diana quien me buscó. Me dijo que el médico le había informado que tu útero estaba dañado y que no podías tener hijos. Me pidió que yo le diera un heredero a la familia Ibáñez.
—¿Y aceptaste?
—Lo acepté por ti.
Isabella se llevó una mano al pecho, sintiendo que la rabia le subía por la garganta y que estaba a punto de explotar.
¡Cómo podía alguien ser tan descarado!
¡Y encima decir que lo hizo por ella!
—Y bien, ¿cómo piensas manejar ahora la relación entre tú, yo y Gabriel?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...