Isabella condujo a toda velocidad y en menos de cuarenta minutos llegó a la Universidad de Nublario.
El guardia de la entrada solo vio un deportivo rojo detenerse frente a la puerta, y de él bajar a una mujer con un vestido dorado y un saco a juego. Llevaba el pelo largo y ondulado, gafas de sol, y se veía radiante y elegante.
Al enterarse de que era la tutora de un estudiante problemático, el guardia la acompañó a la oficina de asuntos estudiantiles.
—¡Su papá es un tullido que recoge basura para pagarle los estudios, y él mismo tiene que trabajar todos los días para poder comer! ¡Son más pobres que las ratas, y todavía se atreve a decir que esta laptop es suya!
—¡Es una MacBook, cuesta cincuenta mil pesos!
—¡Ni aunque venda a su padre en pedazos saca ese dinero!
Apenas llegó a la puerta de la oficina, Isabella escuchó a un chico gritándole a su hermano, Leandro Muñoz. A su lado, otros dos chicos lo apoyaban.
—¡A quién carajos le dices tullido! —Leandro, que evidentemente llevaba mucho tiempo aguantando, no pudo contenerse al oír que insultaban a su padre. Levantó el puño, dispuesto a golpear al chico.
—¡Leandro, detente! —lo frenó la orientadora, una mujer joven—. ¡Estamos en la dirección, ¿todavía no has tenido suficiente? ¿Quieres que te suspendan?!
—¡Él insultó a mi papá primero! —dijo Leandro, apretando los dientes.
—¡Dije la verdad! Nuestras familias son del mismo pueblo. ¡Si no me creen, pueden investigarlo! —replicó el otro chico con desprecio.
La orientadora suspiró.
—Leandro, devuélvele la computadora a Darío Soto, discúlpate como es debido y dejaremos el asunto por cerrado.
—¡La computadora no es suya y yo no se la robé! ¿Por qué tengo que disculparme? —protestó Leandro, indignado.
—Ja, ¿lo oyen? Todavía no lo admite —dijo Darío, acercándose a Leandro. Le arrebató la laptop y, cuando Leandro intentó recuperarla, añadió—: Me la compró mi hermana. ¿O es que tú también tienes una hermana?
—…
—La familia de mi cuñado es rica, y mi hermana es gerente en una gran empresa. ¿Qué es tu hermana?
La orientadora miró de nuevo a Leandro.
—¿Lo oyes? ¿Tienes algo más que decir?
—No tengo nada más que decir, pero esa laptop es mía. ¡Simplemente es del mismo modelo y marca que la suya! —afirmó Leandro, palabra por palabra.
—Ja, ¿y puedes decir quién te la compró? ¡No me digas que fue tu padre, el que recoge basura!
—Se la compré yo, ¿algún problema? —Isabella entró en la oficina, pasando por delante del guardia. Cuando todos los ojos se posaron en ella, se acercó a Leandro—. Y sí, tiene una hermana. De sangre.
Dicho esto, Isabella miró de reojo a Leandro, que había apartado la vista, y luego fijó su atención en el chico de enfrente.
¿Darío?
¿El hermano de Otilia?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...