—Y ahora, sécate las lágrimas.
Isabella se las secó rápidamente.
—Quítate las lagañas.
«¿Tengo?», pensó. Daba igual. Se frotó los ojos un par de veces.
—Y los mocos.
Isabella:
—…
Al ver la expresión burlona en los ojos de Jairo, se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo.
Soltó un gritito de enojo y le mordió la barbilla.
Mientras jugaban, escucharon un ruido en el piso de abajo.
—*Bzzz*… *clanc*… *bzzz*…
¿Qué era ese sonido?
Jairo se levantó primero, con la intención de bajar a ver. Isabella se levantó tras él y agarró un jarrón.
—Bienveni…
Ambos estaban a mitad de la escalera cuando escucharon eso y se detuvieron en seco.
¡Qué demonios era eso!
Isabella se aferró al brazo de Jairo, aterrada. Al mirar hacia abajo, vieron dos luces verdes flotando en la oscuridad, como un par de ojos fantasmales…
—Bien-bien-bienveni… do-do-do… clien-clien-cliente…
Ese sonido no podía ser humano. Era hueco, monótono, sin vida.
Mientras Isabella sentía que las piernas le temblaban de miedo, Jairo empezó a bajar las escaleras.
—¡No me dejes sola!
En su pánico, lo abrazó por la espalda.
—¿Cómo quieres que camine así?
—¡Tengo miedo!
Jairo debió de haber puesto los ojos en blanco. Suspiró, la subió a su espalda y bajó a encender la luz.
Con la luz encendida, un bote de basura apareció frente a ellos.
Parpadeaba con sus ojos verdes intermitentes y decía con voz metálica:
—Bienvenido… venido…
Isabella parpadeó. ¿Así que el sonido fantasmal venía de este robot?
—Esposo, esposo, ¿me lo arreglas, por favor? ¿Sí?
Jairo bufó.
—Te aprovechas de mí, ¿y encima quieres que trabaje para ti?
Isabella simplemente se colgó de él.
—¡Pues no me importa, tienes que arreglarlo!
El fuego en sus cuerpos, que no se había extinguido del todo, amenazaba con reavivarse con este juego.
Se acercaron, sus alientos entrelazándose.
Pero justo en ese momento, sonó el timbre.
¿Quién podría ser a estas horas?
Isabella se quejó en voz baja y, a regañadientes, se bajó de Jairo. Fue a ver el monitor de la entrada y descubrió que era Gabriel.
Y como nadie respondía después de varios timbrazos, sacó una llave.
La mente de Isabella se quedó en blanco. Corrió de vuelta, tomó a Jairo del brazo y, en su apuro, lo empujó detrás de la cortina de la sala.
—¡Shhh, llegó mi esposo, que no te vea!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...