La puerta hizo un *clic*. Isabella corrió la cortina rápidamente, sin darse cuenta de la expresión fría y sombría en el rostro de Jairo.
Cuando se dio la vuelta, Gabriel ya había entrado.
—Allanamiento de morada. ¿Quieres que llame a la policía? —dijo Isabella con voz gélida.
Gabriel se tambaleó un poco; era evidente que había bebido.
Como si no la hubiera oído, siguió caminando hacia el sofá para sentarse, pero Isabella se interpuso.
—¡Lárgate ahora que todavía no quiero problemas contigo!
—Bebí demasiado —dijo Gabriel, frotándose la frente.
—¿Y?
—Antes, cuando bebía de más, siempre me preparabas una sopa para el estómago porque te preocupaba que me sintiera mal. Ahora mismo me siento fatal, podrías…
—¡Ve a que te la haga tu mamá!
Gabriel suspiró.
—Si no quieres divorciarte de mí es porque todavía me quieres, porque no puedes dejarme. Y yo también te quiero a ti, así que dejemos de pelear, ¿quieres?
—Gabriel, ¿tienes que venir a fastidiarme a mitad de la noche?
—Bella, si quieres que me disculpe, lo haré. Pero en serio, ya basta de dramas, solo nos hacemos daño.
Gabriel intentó abrazarla, pero solo abrazó el aire. Isabella no solo había retrocedido dos pasos, sino que también había agarrado el cuchillo de fruta de la mesita de centro.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
—¡Quiero que te largues de aquí ahora mismo!
—Aunque Otilia y yo vayamos a tener un hijo, no la amo. Si tanto te molesta, te… te prometo que no la volveré a ver nunca más. ¿Con eso te basta?
—¡Lárgate!
—Bella, me duele el corazón. No puedes herirme así.
Gabriel se llevó una mano al pecho, mirando a Isabella con sufrimiento.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...