En poco tiempo, Isabella se convirtió en un algodón de azúcar en sus manos, moldeable a su antojo, mientras él saboreaba cada rincón de ella.
—Esposo…
—¿Qué?
—Ahora sí estoy segura de que ya no estás enojado conmigo.
Jairo le dio una palmada fuerte en el trasero.
—¿Te dolió?
—¡Sí!
—Bueno, ahora de verdad ya no estoy enojado.
Cuando Isabella se bajó de las piernas de Jairo, las suyas flaqueaban, su voz era un susurro ronco, y su cabello y ropa estaban desordenados. Parecía que la habían maltratado hasta dejarla exhausta.
«La vida no es fácil», pensó. «Una tiene que vender su cuerpo y su talento».
—Esposo, te juro que nunca más me atreveré a hacerte enojar —dijo con un hilo de voz.
Jairo, muy satisfecho con su actitud, contuvo una sonrisa.
—¿Ahora ves lo terrible que es cuando tu esposo se enoja?
—¿Puedo tomar un poco de agua?
—Ven.
Jairo la atrajo hacia él, la sentó en sus piernas, tomó su propio vaso y le dio de beber.
—Está muy dulce.
—¿Ah, sí?
—Es porque es el vaso de mi esposo.
—Ya basta.
—Soy tan feliz.
—…
—Mi esposo es rico, guapo, tiene un cuerpazo y es increíble en todo.
—Ya me empalagué.
—Por haberme casado con mi esposo, soy la mujer más feliz del mundo.
La mujer más feliz del mundo fue expulsada de la oficina bajo la mirada de fastidio de su esposo. Salió haciendo un pucherito, balanceando su bolso y bajó las escaleras con una sonrisa de oreja a oreja.
La verdad es que era fácil contentar a este cliente; solo había que tener un poco de descaro y ser muy dulce.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...