«¿Así que las dos se pusieron de acuerdo para culparme?», pensó Isabella.
Se arremangó. Con los sinvergüenzas, hablar no sirve de nada. Había que pasar a la acción.
Agarró a Casandra del brazo y, sin hacer caso a sus quejidos, la levantó y la arrojó a la calle.
—¡Lárgate a morir a otro lado!
—¡Tú… tú no tienes respeto por nada!
—¿Quieres hablar de leyes? ¿Llamo a la policia?
—¡Tú…! ¡No respetas a tus mayores!
—¡Al diablo con eso!
—…
Casandra la miró con los ojos desorbitados. Nunca se había topado con alguien tan difícil. Pero ella tampoco era una novata. Se tiró al suelo, se llevó una mano al pecho y empezó a gritar que se estaba muriendo, que Isabella era una asesina.
Isabella no se anduvo con rodeos. Se acercó y le dio una patada.
—¿Cómo te atreves…?
—¡Tú tranquila! ¡Si te mato, yo misma me entrego!
Dicho esto, levantó la pierna de nuevo, esta vez apuntando directamente a la cabeza de Casandra, apretando los dientes, como si fuera a usar toda su fuerza. Justo cuando iba a patear, Casandra cedió. Rodó por el suelo, aterrorizada, hasta llegar a la puerta de la casa de los Ibáñez.
Se secó el sudor frío de la frente, jadeando de miedo.
No podía con ella. Simplemente, no podía.
Ahora le tocaba el turno a Otilia. Si decía que quería matarla a ella y al bebé en su vientre, no podía quedar como una mentirosa. Se acercó y levantó el pie para patearla en el estómago.
—¡Ni se te ocurra!
Otilia ya estaba a punto de rodar para esquivarla, pero Diana, que hasta entonces había estado observando la escena, fue más rápida. Se abalanzó sobre Otilia, protegiéndola con su cuerpo.
—Isabella, si te atreves a tocar a mi nieto, yo… yo…
Isabella enarcó una ceja.
—¿Tú también quieres pelear conmigo?
—¡Sí, pelearé contigo!
—¡Pues, adelante!

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...