—Bueno, visto así, también tiene razón.
—Así que tenemos a una mujer que fue atacada por seis hombres y a un espectador. Aunque ninguno de los dos salió herido, la justicia no se mide por las heridas. Ahora, me gustaría presentar una denuncia contra esos seis por riña tumultuaria e intento de lesiones.
El policía:
—…
Definitivamente, el hombre que se casa con una mujer así es igual de temible.
Justo cuando Jairo terminaba los trámites y se disponía a salir con Isabella y Óscar, llegó Casandra.
—¿Hijo? ¿Hijo, dónde estás? ¿Dónde está mi hijo?
Casandra buscó entre los seis jóvenes de caras hinchadas hasta que Darío la llamó. Solo entonces lo reconoció.
—¡Dios mío! ¿¡Quién fue el desgraciado que te dejó así!?
—¡Fue Isabella! —dijo Darío, apretando los dientes.
—¿Isabella? —Casandra se sorprendió y, al recordar algo, miró hacia la puerta. Vio a Isabella a punto de salir, quien le dedicó una mirada de desprecio.
—¡Ella… ella los golpeó! ¿¡Por qué no la arrestan!? ¿¡Por qué la dejan ir!? —gritó, indignada.
—Señora, su hijo y sus cinco amigos atacaron a una sola persona, y perdieron. Además, ellos provocaron la pelea. Debería dar gracias de que no presenten cargos contra su hijo.
—¡Pero mi hijo está herido!
—Y por suerte lo está. Si no, estaríamos pensando en detenerlo unos días y notificar a su universidad para que lo sancionen.
—¡No, no, no! ¡Por favor, no! ¡Nosotros… no presentaremos cargos!
Jairo se los llevó a los dos a casa, pero en cuanto llegaron, se encerró en su estudio a trabajar.
Isabella y Óscar se desplomaron cada uno en un sofá, mirándose el uno al otro.
—¿Son hermanos de la misma madre?
—Sí, me lleva nueve años.
—¿Y entonces?
—Prácticamente me crio él.
—¿Y tu mamá?
—No me quiere. O, para ser más precisos, me odia.
—¿Por qué?
—Supongo que porque quería una niña, y yo nací niño.
Óscar lo dijo con una ligereza que contrastaba con la tristeza que de repente ensombreció su rostro.
—Así que tu hermano es como un padre para ti.
—Sí.
—Entonces yo soy tu…
—Isabella, tengo hambre.
—Yo también.
—Ve a cocinar.
—Bueno, sé hacer sopa. —La había aprendido porque a Gabriel le sentaba mal el estómago.
—¿Y algo más?
—Creo que saber hacer sopa ya es un gran logro.
—Ja, ja.
—¡Entonces cocina tú!
—Es que yo ni siquiera sé hacer sopa.
—¡Ja, ja, ja!
Cuando Jairo terminó de trabajar y bajó, se encontró con dos almas en pena a punto de morir de hambre.
Sacudió la cabeza, resignado, y se metió en la cocina.
Mientras cortaba las verduras, sintió unos brazos que lo rodeaban por la espalda y una voz melosa que le susurraba al oído.
—Esposo, estoy embarazada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...