Tardaron bastante, e Isabella, preocupada, fue a buscarlos.
Vio a Elías, con las manos juntas, hablándole a Jairo en un tono casi suplicante.
—Te lo ruego, por favor, no le rompas el corazón a mi hija. Ella ha sufrido mucho desde pequeña, muchísimo. No supe cómo cuidarla y me siento muy culpable. Por eso, espero que tú puedas cuidarla por mí. Y si… si algún día dejas de amarla, por favor, no la lastimes. Solo devuélvemela.
Al escuchar esas palabras, a Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas.
Siempre había sabido que Elías la amaba profundamente.
Pero ella, como hija, siempre terminaba por preocuparlo y entristecerlo.
—Le prometo que, mientras sea mi esposa, la cuidaré. Y le prometo que, pase lo que pase en el futuro, nunca seré yo quien suelte su mano. Si ella decide soltar la mía, y si eso la hace feliz, no me opondré —dijo Jairo con solemnidad.
Isabella se quedó perpleja al oírlo.
Su matrimonio con Jairo era un acuerdo. Una vez que el acuerdo terminara, se separarían. Pero él acababa de decir que no sería él quien soltara su mano…
—Bien, bien. Con eso me quedo tranquilo.
Elías bebió de más, de pura felicidad.
Iván también, por la misma razón.
Iván invitó a Elías a quedarse en su casa, y Elías, que había estado tan cohibido desde que llegó a Nublario, aceptó con una sonrisa. Así, los dos mayores los dejaron solos y le pidieron al chofer que los llevara a casa.
Jairo cumplió su promesa. Llevó a Isabella a su casa y le quitó el antojo.
—Hueles a alcohol —dijo Isabella, mareada por sus besos.
—¿Te gusta?
—Sí, el alcohol.
—¿Quieres más?
—Sí.
—¿Qué dijiste que te gustaba?
—Tú. Bésame.
Jairo, desabrochándose la camisa con una mano, levantó a Isabella en brazos con la otra. No hubo tiempo de subir; la presionó contra el capó del carro deportivo.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...