*¡Puaj!*
Isabella sintió una arcada. La venganza había funcionado.
De vuelta en casa, los tres miembros de la familia Ibáñez tenían cara de pocos amigos. Diana, con mucho tacto, le sugirió a Gabriel que se fuera a bañar, y Otilia también planeaba hacer lo mismo.
—¿Ahora te da asco mi hijo? —Diana, frustrada, la emprendió contra Otilia.
Otilia levantó un brazo.
—¿Quiere oler usted?
Diana se tapó la nariz.
—¡Anda, anda, vete a bañar tú también!
Después del baño, Diana llamó a Gabriel para que bajara a desayunar y no se le revolviera el estómago.
Gabriel se sentó y vio las invitaciones de boda junto a la mesa. Pensando que eran las suyas con Isabella, las abrió con el ceño fruncido, pero descubrió que el nombre de la novia era Otilia.
—¿Qué es esto?
Diana hizo una mueca.
—Se las quité esta mañana a la madre de Otilia. ¿A que no adivinas? La vieja astuta cambió a escondidas el nombre de Isabella por el de Otilia en las invitaciones.
Gabriel arrojó la invitación a la mesa.
—¡Cancela la boda!
—Yo también creo que deberíamos cancelarla. Ya que rompimos con Isabella, no tiene sentido seguir con esta farsa para contentarla. El problema es que la mamá de Otilia ya repartió más de la mitad de las invitaciones, la mayoría a nuestros parientes. Si la cancelamos ahora, se van a reír de nosotros.
—¿Y qué quieres? ¿Que de verdad me case con Otilia?
—Bueno, al final de cuentas, sí te casaste con ella por el civil. Lo que no soporto es a su madre.
—¡No estoy de humor para casarme con ella!
—¿Cómo que no estás de humor? ¿Para casarte con Isabella sí tenías humor? —Casandra salió furiosa de su habitación. Todavía en pijama y con dos botones de la blusa desabrochados por la prisa, se plantó frente a Gabriel.
Diana la miró con desdén, avergonzada de tener una consuegra así.
—¡Te advierto que esta boda se la das a mi hija, y tiene que ser por todo lo alto! —dijo Casandra, golpeando la mesa.
Ahora era el turno de Casandra de regodearse.
—¡Así es! Ayer fuimos a una clínica particular a que la revisaran. ¡Es un niño!
Al confirmarlo, el rostro de Diana se iluminó.
—¡Benditos sean los antepasados! ¡La familia Ibáñez tendrá un heredero!
—¡Qué lástima que pronto ya no lo habrá!
—¡No, no! ¿No es una boda lo que quieren? ¡La haremos como estaba planeado! ¡No podemos permitir que el nieto de oro de la familia Ibáñez sufra ninguna incomodidad!
Ahora con la sartén por el mango, Casandra no iba a dejar que los Ibáñez se salieran con la suya tan fácilmente. Ese mismo día, exigió que Diana llevara a su hija a comprar las joyas para la boda.
Entraron en una joyería de lujo y, al hacerlo, se encontraron con Isabella.
Al ver que Isabella estaba eligiendo un anillo de diamantes, Diana soltó una risita burlona.
—Hay algunas a las que ya les cancelaron la boda y siguen comprando anillos. ¡Seguro creen que mi hijo todavía las quiere!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...