—Ja, no te hagas ilusiones. ¡Eso no pasará nunca! —añadió Diana.
—Gabriel ahora es mi yerno. Algunas deberían tener un poco de vergüenza y dejar de andar coqueteando con hombres casados —dijo Casandra, ahora con la espalda recta y el tono firme.
Otilia, fiel a su estilo pasivo-agresivo, dijo:
—Bella, seguimos siendo buenas amigas, ¿verdad? Esta es mi invitación de boda con Gabriel. Espero que puedas venir, ¡me encantaría recibir tu bendición!
Isabella puso los ojos en blanco. «¿De verdad quieren provocarme? ¿Buscan que las humille?», pensó.
Sonrió dulcemente y, girándose, tomó a Otilia del brazo.
—Claro que seguimos siendo amigas. Por eso, ¡te he elegido un anillo de diamantes que te va perfecto!
Isabella le mostró a Otilia un anillo que había estado mirando.
—Mira, ¿a que es precioso?
Otilia se quedó maravillada al ver el brillo del enorme diamante, pero supuso que el precio debía ser igual de impresionante.
—No está mal.
—Si yo me casara, sin duda elegiría este.
Ese comentario despertó el espíritu competitivo de Otilia.
—Mamá, ¿le gusta este anillo? —se giró para mostrárselo a Diana.
Diana apenas lo miró y su rostro se ensombreció.
—No es bonito. ¡No te queda bien!
—A mí me parece que sí. Miren qué manos tan finas y blancas tiene Otilia. Con este anillo se ve elegante y distinguida. Aunque, claro, es bastante caro. No cualquiera puede permitírselo —dijo Isabella a propósito.
—¿Qué quieres decir? ¿Que la familia Ibáñez no puede comprar un anillo de diamantes? —Diana la fulminó con la mirada.
Isabella sonrió triunfante y se dirigió a Otilia.
—¿Oíste? ¡Tu suegra ha aceptado comprártelo!
—¿Cuándo he dicho yo eso? Yo…
—¡Ella es la esposa del presidente de Grupo Triunfo! ¿Conoce Grupo Triunfo? ¡Los líderes en diseño arquitectónico! —dijo Isabella a la empleada antes de que Diana pudiera terminar.
La empleada captó la indirecta al instante.
—¡Ah, la esposa del presidente! ¡Mucho gusto!
Diana se vio acorralada. Aunque sospechaba que Isabella tramaba algo, no tuvo más remedio que mantener las apariencias.
—…
—¡Y no creas que por casarte con mi hijo puedes derrochar el dinero! ¡En la familia Ibáñez somos muy ahorradores!
Casandra no pudo contenerse.
—¡Mi hija lleva en su vientre a su nieto de oro! ¿Qué tiene de malo comprarle un anillo? ¡Qué tacaña es usted!
—¡Cuesta más de un millón! ¡Si tiene el dinero, cómprelo usted!
—¡No es mi casa la que recibe una nuera, es la suya! ¡Ustedes deberían pagar!
—Diez o veinte mil, sí. ¡Pero más de un millón, no!
—¿No se supone que los Ibáñez son una familia rica? ¿Y se ponen a discutir por tan poco?
—¡Somos ricos, sí, pero hay dinero que se debe gastar y otro que no!
—¿O sea que el dinero para el anillo de mi hija no se debe gastar?
—¡Exacto!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...