—Isabella, ¡te estuve esperando toda la mañana! ¿Por qué tardaste tanto en volver?
Isabella miró a Camila y a Otilia, que venía detrás de ella, y enarcó una ceja.
—¿Para qué me esperabas?
Camila se frotó las manos.
—Oye… el otro día no quise chocar contigo, de verdad. ¿Crees que… podrías perdonarme la deuda?
Isabella ladeó la cabeza, examinándola.
—¿No que muy valiente? ¿Qué pasa ahora, se te acabó el dinero para pagar y por eso ya no eres tan gallita?
—Antes… tuvimos algunos malentendidos.
—¿Malentendidos? —Isabella soltó una risa seca—. ¿Pagarle dos mil pesos a Otilia para que me acusara de robarte el celular fue un malentendido? ¿Amenazar a mi papá en plena nevada para que se arrodillara ante ti fue un malentendido? ¿Gritarme en la universidad que era una rompehogares fue un malentendido?
—Yo…
—Qué descaro el tuyo, venir a pedirme que te perdone.
—Me equivoqué, te pido una disculpa, ¿contenta?
—¡Ja! Ni aunque te arrodillaras me importaría lo más mínimo. Además, no quiero que ensucies mi entrada.
—Isabella, ya me disculpé, ¡tampoco te pases de lista!
—Pues me voy a pasar, ¿y qué?
Otilia frunció el ceño.
—Bella, al menos fuimos compañeras. Fueron cuatro años de amistad, ya déjalo por la paz.
—Mejor cállate. Si ella es una buscapleitos, tú eres la porquería que revuelve. ¡Si no la hubieras malmetido, nada de eso habría pasado!
—¡Qué feo hablas! —dijo Otilia, con la cara roja de coraje.
—Tú y ella pueden ser las mejores amigas. Son tal para cual, cortadas con la misma tijera: igual de descaradas, sin límites, sin moral, malagradecidas, ¡peor que animales!


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...