En ese momento, Diana escuchó el alboroto y también salió. Otilia, todavía riéndose, le contó.
—¡Bella dice que también se casa el veintiséis, y que se va a casar con Jairo, el presidente de la familia Crespo!
Otilia se reía tanto que apenas podía hablar.
—¿No le parece chistosísimo?
Diana, como era de esperar, también se echó a reír, de una forma aún más exagerada que Otilia y Camila, con un graznido parecido al de un pato.
—¿Tú? ¿Tú casarte con Jairo? ¿El de Grupo Crespo, de la familia Crespo, ese Jairo? Jajaja, ¡hasta para decir bromas hay que tener un límite!
Isabella las dejó reír. Ellas creían que había contado un chiste, pero en ese instante, para ella, el verdadero chiste eran ellas.
—La nuera que la familia Crespo elija tiene que ser de una familia excepcional. Aunque como empleada no sé quién es, ¡estoy segura de que no puede ser una muerta de hambre como tú! —dijo Camila con desdén.
—¡Si ni nosotros, la familia Ibáñez, la quisimos, mucho menos la familia Crespo! —añadió Diana.
—Bella, ¿no crees que tienes un problema? ¿No deberías ir al doctor a que te revisen? —continuó Otilia con su papel de mosquita muerta.
—No solo estoy muy bien de la cabeza, sino que además estoy muy feliz —sonrió Isabella.
—Isabella, te descubrimos en tu mentira y ¡ni siquiera te da un poco de vergüenza! —Camila hizo una mueca.
—¿Por qué me daría vergüenza? Todo lo que digo es verdad.
—Si de verdad eres la futura señora de la familia Crespo, ¡yo renuncio a mi trabajo ahora mismo!
—No, mejor algo que sí puedas cumplir.
—¡Dije que renuncio!
—Perfecto. Ya puedes ir a tu casa a escribir tu carta de renuncia.
Camila soltó un par de risitas forzadas.
—¡Creo que de verdad estás loca!
Isabella entrecerró los ojos.
—¿Para qué me buscabas hace un rato?
Camila se quedó en blanco por un segundo, y luego recordó que había venido a pedirle que le perdonara la reparación del carro. Esto…
Después de esta pelea, ¿cómo iba a pedírselo?
—¡Pues… pues solo son seiscientos mil! —Camila no pudo tragarse el orgullo—. ¿Crees que no puedo conseguirlos?
Isabella extendió la mano.
Gregorio, sin rodeos, le envió un número de cuenta.
Isabella se lo dio a Diana, pidiéndole que hiciera la transferencia en ese mismo momento.
—Si ya te dije que te los voy a dar, te los voy a dar. ¿Cuál es la prisa? —en realidad, no tenía muchas ganas de soltar el dinero.
Isabella fingió sorpresa.
—¿No me diga que la esposa del presidente de Grupo Triunfo no puede pagar una cantidad así?
—¡Cállate! ¡Ese dinero no me alcanza ni para una merienda!
Dicho esto, Diana sacó su celular y comenzó a hacer la transferencia.
Isabella aplaudió.
—Una merienda de seiscientos mil pesos. Sin duda es usted la señora Ibáñez, ¡qué generosidad!
Una vez confirmado el pago, Isabella miró a Camila.
—¿Qué decías hace un momento? ¿Que ibas a filtrar los diseños y presupuestos de la competencia a Grupo Triunfo? ¿No sabes que eso es ilegal?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...