Dicho esto, soltó otro bufido de desprecio y, con la cabeza en alto, se dirigió al baño.
Isabella realmente no quería tener nada que ver con Adriana. Definitivamente tendría que hablar con Jairo para que se encargara de sus admiradoras problemáticas.
—¿Adriana te dijo algo hiriente?
Apenas se fue Adriana, se acercó Rafael.
Isabella guardó silencio un momento antes de levantar la vista hacia él.
—Sí, algo muy hiriente.
—Lo siento mucho —dijo Rafael con una expresión de disculpa—. Es que en casa la tenemos muy consentida. Te pido perdón en su nombre.
«Consentida en casa».
Sus palabras fueron como una puñalada directa al corazón. Pero, por suerte, ella era lo suficientemente fuerte como para que no la hirieran.
—Está enamorada de mi esposo, pero como no puede tenerlo, descarga su frustración conmigo —dijo Isabella, negando con la cabeza—. No sé cómo se formaron sus valores, pero seguramente tiene que ver con la educación que recibió en casa. Así que, señor Méndez, usted tiene una gran responsabilidad en esto.
Rafael se quedó desconcertado. No esperaba que Isabella fuera tan directa.
—Los valores de mi hija no tienen ningún problema.
—De tal palo, tal astilla, como dicen.
—¡Oye, qué manera de hablar es esa!
—"Una hierba mala que creció en el lodo". Eso es lo que su hija acaba de decir de mí. ¿Acaso eso suena mejor?
Rafael se quedó sin palabras.
—¿Ustedes, los Méndez, se creen la gran cosa? Siempre con esa actitud arrogante, ¡pero la familia Méndez no es nadie!
—¡Tú!
—Por favor, retírese. No me interrumpa la cena.
Rafael probablemente nunca en su vida se había topado con un rechazo tan frío. Su fachada de amabilidad y humildad se desmoronó, y regresó a su mesa con el rostro sombrío.
Pronto, Adriana volvió. Rafael le dijo algo y ella se levantó, dispuesta a confrontar a Isabella de nuevo.
Rafael la detuvo y negó con la cabeza.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...