—Me acorralaron —dijo Isabella con voz neutra.
—¿Te golpearon?
—Sí.
—Ja, no es que me ría, es que me preocupas. Pero no deberías llamarme a mí, sino a la policía.
—La constructora no les ha pagado. ¿El Grupo Triunfo sabe algo de esto?
—¿Tú lo sabes?
—¡Cómo voy a saberlo yo!
—Pues yo menos, al fin y al cabo, yo no estaba a cargo del proyecto de la biblioteca.
—¡De cualquier modo, el Grupo Triunfo también tiene responsabilidad!
—Por eso les dije que te buscaran a ti.
—¡Gabriel!
—Esos trabajadores la tienen difícil, señorita Quintero. No puedes llevarte tu bono y luego lavarte las manos como si nada.
—¡Ya no trabajo en el Grupo Triunfo!
—Entonces el asunto ya no tiene nada que ver con el Grupo Triunfo. Resuélvelo tú misma.
Era una sarta de disparates, cada frase carecía de lógica, pero Gabriel las decía con un descaro absoluto.
—Si ellos demandan…
—¡Que demanden, si es que pueden pagarlo! Y aunque lo hagan, ¡encontraremos la manera de culparte a ti!
Isabella apretó los puños. Gabriel estaba llevando la bajeza y el descaro a un nuevo nivel.
—Pero en memoria de los viejos tiempos, puedo echarte una mano —añadió Gabriel.
—¿Cómo piensas ayudarme?
—Esta noche, en La Terraza. A ver si te atreves a venir.
La Terraza era un antro famoso en Nublario, pero con fama de ser un lugar peligroso.
No sabía qué trama estaba urdiendo Gabriel, pero estaba segura de que si iba, caería en su trampa.
—Señorita Quintero, por favor, ayúdenos. De verdad no sabemos qué más hacer —le suplicó Marcos, juntando las manos.
Isabella miró a los hombres. Era evidente que estaban en una situación desesperada y merecían compasión.
—Si les soy sincera, no tengo ninguna obligación de hacerlo.
***
Luciano, de unos cuarenta años y presidente de Construcciones Avanzadas, se movía con soltura tanto en el mundo legal como en el ilegal. Poca gente se atrevía a meterse con él.
—Estoy aquí para reclamar el pago de esos trabajadores —dijo Isabella, sentándose frente a ellos.
—Ja, ¿y crees que puedes? —Luciano se palmeó la barriga cervecera.
—Si me llamaron aquí, es porque hay espacio para negociar, ¿no?
—Eres muy lista, me gusta —asintió Luciano con una sonrisa.
Se levantó, tomó un vaso de la mesa, se acercó y lo puso frente a Isabella.
—Si la señorita Quintero me hace el honor, bébase este trago.
Isabella frunció el ceño. El vaso ya estaba servido antes de que ella llegara. Seguramente le habían puesto algo.
—¿Y si no lo bebo?
—Sería una ofensa para mí, y a mis amigos no les gustaría nada.
Isabella miró hacia el privado de enfrente. Todos los hombres se habían puesto de pie, con expresiones amenazantes.
Así que no tenía opción. Tenía que beber.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...