—Yo soy un tipo rudo, con una cara que asusta, pero en el fondo tengo un corazón blando, sobre todo con bellezas como usted, señorita Quintero. Beba este trago, y seremos amigos. Lo del sueldo de esa gente es pan comido.
La mirada de Luciano era la de un cazador que ha atrapado a su presa y está a punto de disfrutarla.
Isabella ignoró a Luciano y fijó su vista en Gabriel, que no paraba de beber.
Él parecía nervioso, pero al sentir la mirada de Isabella, adoptó una actitud arrogante y hasta le guiñó un ojo.
—A Luciano le gustas mucho.
—¿Y por eso me vendiste?
—No… no pienses mal, Luciano solo quiere ser tu amigo.
—Puedo beber este trago, pero quiero saber: ¿por qué no les han pagado? ¿Dónde está el problema exactamente?
—No hay ningún problema en ninguna parte. Si yo doy la orden, les pagan al instante —dijo Luciano.
Isabella lo miró de nuevo.
—¿Así que no les paga a propósito?
—¡Unos muertos de hambre! ¿Creen que van a sacarme dinero así de fácil? ¡Ni lo sueñen!
—¡Es el dinero que se ganaron con su esfuerzo, no fue nada fácil!
—¡A mí qué me importa si se esforzaron o no! ¡Les voy a dar largas hasta que no puedan más! Y si estoy de buen humor, les daré la mitad. Si no, que no esperen ni un centavo.
Isabella apretó los puños en secreto. Ese Luciano era un desgraciado.
—Claro que, como usted vino hoy a interceder por ellos, tengo que darle su lugar. Pero si quiere que yo la respete, usted también tiene que respetarme a mí, ¿no cree? —Luciano acercó el vaso un poco más hacia Isabella.
—Por supuesto que debo respetar a Luciano. Salud —asintió Isabella.
Tomó el vaso y se lo bebió de un solo trago.
—¡Qué mujer tan decidida, señorita Quintero! —aplaudió Luciano.
Gabriel se levantó de golpe, sorprendido de que Isabella hubiera bebido tan fácilmente.
Isabella dejó el vaso sobre la mesa y, justo cuando iba a hablar, se desplomó.
—Es que tengo miedo de que esto se salga de control.
—Luciano sabe lo que hace, no va a matarla —dijo Carolina, mirando a Luciano—. ¿Verdad, Luciano?
—A esta preciosura hay que tratarla con cariño, ¿cómo podría hacerle daño? —dijo Luciano, frotándose las manos mientras miraba a Isabella.
—Entonces, como acordamos: nosotros le entregamos a Isabella y la deuda del Grupo Triunfo queda saldada, ¿cierto?
—¿Qué puedo decir? Me trae loco. Desde que estábamos con lo de la biblioteca quise echarle el guante, pero es lista y siempre se me escapaba. Me dejó con las ganas.
—Una vez que nuestra cuenta esté saldada, la deuda con los trabajadores ya no es asunto nuestro —se apresuró a añadir Gabriel.
—¡Esos trabajadores son lo de menos, puedo darles largas hasta que se mueran de hambre!
—Entonces, ella…
—¡Ya cállate! ¿Quieres unirte? A mí no me importaría probar algo más salvaje.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...