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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 265

Alguna vez fueron las mejores amigas y se prometieron ser damas de honor en sus respectivas bodas.

Y ahora, Otilia, después de haber seducido a su novio a sus espaldas, casarse con él, quedar embarazada y engañarla durante tres años, ¿todavía quería que fuera su dama de honor?

Isabella soltó una risa fría. Otilia estaba usando su antigua amistad como un cuchillo para clavárselo directamente en el pecho.

Pero a ella ya no le dolía.

Antes de que Isabella pudiera decir algo, Otilia la tomó del brazo con entusiasmo y la llevó al dormitorio principal.

—La decoración y los muebles que te gustaban a ti, a mí no. Así que lo remodelé todo por completo. Ya es otro mundo —dijo Otilia, señalando la habitación llena de adornos de boda, con un aire de orgullo.

Ciertamente era otro mundo. Isabella bufó.

—Pero, ¿por qué no cambiaste la cama?

Otilia frunció los labios.

—A mí… a mí me gusta bastante esta cama.

—Ah, así que te gusta usar lo que yo dejo —dijo Isabella, mirando a Otilia de reojo.

—Esto me lo gané con mi propio esfuerzo —respondió Otilia con aire de vencedora.

—Son mis sobras.

—Sea como sea, ahora es mío.

—No creerás que todavía voy a pelear contigo por esta basura, ¿o sí?

—La que no puede tenerlo siempre se pone a la defensiva.

—¿Quién se pondría a la defensiva por una basura?

—Seguro que ahora estás triste y celosa.

—De verdad que te imaginas cosas.

—Todavía no me has felicitado.

Isabella dijo con gran sinceridad:

—Felicidades por casarte con Gabriel y entrar en la familia Ibáñez. Ni un mártir ha hecho una contribución tan grande a la sociedad como tú. Les deseo a ti y a Gabriel que envejezcan juntos, que su amor dure para siempre y que nunca se separen. Amárrense bien el uno al otro, para que no anden arruinando la vida de más gente.

El rostro de Otilia se ensombreció un poco.

—Seremos felices, felices para toda la vida.

Isabella sonrió.

—Qué bueno.

—Entonces, serás mi dama de honor, ¿verdad?

—Claro.

Eso le recordó algo a Casandra. Hizo un mohín.

—Algunas personas quieren sabotear la boda de mi hija y mi yerno, y yo casi caigo en la trampa.

Isabella parpadeó.

—Señora, no entiendo lo que dice. Pero claro, a usted no le importaría un millón de pesos, para usted eso es una bicoca.

Casandra apretó los dientes en secreto. ¿Cómo no le iba a importar un millón?

—Mi Oti se casa bien, por supuesto que no me voy a poner a discutir por esas cosas —dijo, obligándose a no caer en la trampa.

—¡Qué generosa es usted, señora! —Isabella le levantó el pulgar.

Casandra contuvo su ira y siguió sonriendo.

—Por cierto, aquí tengo unas botanas. Como amiga de Oti, úsalas para adornar la cama de los novios y pedir que pronto tengan hijos.

Isabella también sonrió.

—Claro que sí.

Tomó la canasta de manos de Casandra y comenzó a colocar todo con esmero sobre la cama.

—Y tienes que decir palabras de buena suerte. Yo digo una frase y tú la repites.

***

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