—Pues que se rían. Una boda es para celebrar, y si todos se ríen, la alegría se contagia —la consoló Luna.
El tiempo era escaso; apenas había momentos para respirar.
Se puso el vestido de novia, la maquillaron, le colocaron la tiara de perlas y se acercó al espejo de cuerpo entero para observar su reflejo.
Era como si no fuera ella misma. Se veía tan hermosa, como una princesa de un castillo, pura y noble, como si nunca hubiera sido golpeada por las tormentas de este mundo.
Dicen que el momento más hermoso en la vida de una mujer es cuando se pone el vestido de novia, a punto de casarse con el hombre que ama. Antes no estaba de acuerdo, pensaba que cada momento de la vida de una mujer debía ser vivido con plenitud y belleza. Pero ahora, realmente sentía que en ese instante se veía más hermosa que nunca, una belleza que sería difícil de superar en el futuro.
Quizás era porque en ese momento se sentía inmensamente feliz.
Estaba a punto de casarse con un hombre que, estaba segura, la amaba, y a quien ella también amaba.
—¡La comitiva del novio ya llegó al hotel! —gritó alguien.
Inmediatamente después, se escuchó el estruendo de los fuegos artificiales afuera.
Luna animó a todos a ir hacia la puerta.
—¡Vamos a ponerle las cosas difíciles al novio! ¡Mientras más lo molestemos, más divertida será la fiesta!
La puerta se cerró e Isabella, con una sonrisa, bajó la mirada, esperando en silencio a que él viniera a abrirla.
Pronto, el ambiente exterior se llenó de vida, con constantes felicitaciones, risas y bromas.
Oyó a Ignacio gritar:
—A ver, princesas, no nos la pongan tan difícil. ¡Les trajimos regalos, pídanme los que quieran!
Afuera, comenzó una lucha por los regalos, seguida de otra ola de alboroto.
Luna gritó:
—¡Los regalos los queremos, pero no se pueden saltar el protocolo!
—¿Qué más falta?
—¡Que el novio nos muestre uno de sus talentos!
—¡Ya lo teníamos preparado! ¡Traigan los accesorios!
—Vaya, ¿de verdad se prepararon?
—¡Claro que sí!
Isabella miró hacia la puerta, pensando: «¿Qué talento podría tener Jairo? No creo que vaya a firmar un par de contratos aquí mismo, ¿o sí?».
Pero lo que sucedió a continuación la dejó boquiabierta.
Desde afuera llegó el melodioso sonido de un violín y, para que no se lo perdiera, Luna le hizo una videollamada.
En la pantalla, Jairo, vestido con su traje de novio, una camisa de cuello alto que enmarcaba su mandíbula y el cabello peinado hacia atrás, lucía deslumbrante. Si ya de por sí era la elegancia personificada, hoy brillaba con una luz especial.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...