Isabella acababa de tomar otra medicina para la garganta y se sentía un poco mejor, pero no tenía ganas de hablar con ellos.
—¡Qué bueno, felicidades! —dijo Otilia con una risa forzada—. Oye, ¿y por qué no me invitaste a ser tu dama de honor? Yo sí te invité a mi boda.
Al ver que Isabella seguía sin hacerle caso, Otilia se frotó las manos con nerviosismo.
—Como amiga, de verdad me alegro mucho por ti. ¡Mira nada más, te casaste con Jairo! Y la boda fue espectacular. De ahora en adelante serás la señora Crespo. ¡Voy a necesitar que me eches una mano!
—Tu garganta no está bien, ¿verdad? Deja que te pele una manzana.
Otilia siguió hablando sola por un rato, luego se acercó, tomó un cuchillo de la mesa y se dispuso a pelar una manzana.
Isabella no estaba de humor para fingir. Le arrebató el cuchillo, lo hizo girar en su mano y, al instante siguiente, la punta apuntaba directamente a Otilia.
Otilia dio un respingo y retrocedió asustada.
Conocía demasiado bien el temperamento de Isabella; sabía que era capaz de clavarle el cuchillo sin pensarlo dos veces.
—Bella, lo siento, te pido perdón, yo…
Al ver que Isabella levantaba el cuchillo, Otilia cerró la boca de golpe, sin atreverse a decir una palabra más.
Isabella hizo un gesto con la mano para que Otilia se apartara y luego miró a Gabriel, que se había estado escondiendo detrás de ella. Él estaba encogido de hombros, con la cabeza gacha, con un aire patético.
Isabella señaló la pintura que él sostenía en la mano. Gabriel entendió la indirecta y se la entregó rápidamente.
—Bella, esto… es mi regalo de bodas.
Isabella tomó la pintura, pero no aceptó sus palabras. Golpeó la mesa con el lomo del cuchillo.
—Esta… esta pintura siempre fue tuya…


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...