El carro se acercaba a gran velocidad. Estaba cada vez más cerca, a punto de impactar…
Justo en ese momento crítico, Isabella recuperó la cordura y pisó el freno con todas sus fuerzas.
El carro se detuvo justo frente a Erick. Un segundo más tarde y lo habría mandado a volar.
«Locos, todos están locos. He perdido el control».
Isabella se aferró al volante, respirando agitadamente. No valía la pena arruinar su vida por un montón de basura.
Tenía que calmarse. Debía calmarse.
Mientras tanto, Erick seguía de pie frente a su carro. Su cara estaba hinchada y amoratada, pero en sus labios se dibujaba la sonrisa de un vencedor.
Isabella respiró hondo una vez más, abrió la puerta, corrió hacia Erick y lo derribó de una patada.
—¡Erick, no seas estúpido, no puedes amenazarme!
—¿Ah, no? —Erick rodó los ojos—. Entonces tendré que empezar a esparcir rumores.
—¿Sabes cuáles serán las consecuencias?
Erick se levantó, apoyándose en el capó de su carro.
—Ni siquiera le tengo miedo a la muerte, ¿por qué debería temerle a las consecuencias?
—¿Todo esto por dos millones?
—Si tú también me das dos millones… no, tú tienes mucho más dinero que Raúl, así que subiré el precio a diez millones. Si me das diez millones, cerraré la boca y me largaré de aquí sin causarte más problemas.
Isabella esbozó una sonrisa irónica. Si le daba el dinero, él confirmaría que sus mentiras podían amenazarla y seguiría pidiéndole dinero una y otra vez, sin fin.
—¡No te daré ni un centavo!
—¿En serio? Entonces no me queda más remedio que ganarme los dos millones de Raúl. Así que, ten piedad de mí y dale el proyecto para que pueda cobrar.
Al entrar, se encontró con un ambiente de celebración, como si estuvieran festejando algo.
—Ya te lo habíamos dicho, ¿no? Íbamos a celebrar el éxito de la colaboración entre el Grupo Triunfo y el Grupo Crespo —dijo Diana, acercándose a ella con una sonrisa.
Isabella apretó los dientes.
—¿Así que dan por hecho que los ayudaré a conseguir esa colaboración?
—Claro que nos ayudarás. Después de todo, no quieres perder tu estatus de señora Crespo por un escándalo de tu pasado, ¿o sí? —dijo Diana, con una expresión de triunfo por tener a Isabella bajo su control.
Isabella apretó los puños. Se había equivocado; los Ibáñez eran tan desvergonzados y descarados como Erick.
En ese momento, salió Raúl con dos copas de vino en la mano. Le ofreció una a Isabella.
—Bella, ven, brindemos por nuestra exitosa colaboración.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...