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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 302

—Isabella, tú ya estabas manchada, pero a Gabriel no le importó y aun así te quiso. ¡Nada más por eso, deberías estarle agradecida! Además, él nunca me contó nada de esto. Si lo hubiera hecho, jamás te habría dejado entrar a la familia Ibáñez, ¡no iba a permitir que apestaras nuestro apellido!

—¡Todo lo que dijo es mentira! —gritó Isabella.

—Cuando el río suena, agua lleva. ¡Seguro que tú tampoco eres una santa!

—De hecho, hay muchas otras historias —dijo Otilia Soto, saliendo también del comedor—. Me contó tantas cosas… Recuerdo una en particular: su mamá acababa de salir de la cárcel y no tenían a dónde ir, así que dormían bajo un puente. Un día, muertas de hambre, una señora de buen corazón les regaló una empanada, pero el perro de un vagabundo se las quitó. Su mamá se puso a perseguir al perro para recuperarla. ¡Ja, ja, peleando con un perro por una empanada!

Otilia se reía a carcajadas.

Los ojos de Isabella ardían. Esas eran las heridas de su corazón. En su momento, porque de verdad los consideraba su familia y sus amigos, se las había contado con la esperanza de encontrar consuelo, pero ahora se habían convertido en las armas que usaban para herirla.

—¿De verdad pasó eso? —Diana también se moría de la risa.

—¿Y adivina qué pasó después? Esa misma noche, el vagabundo le compró a su mamá una noche con una sopa instantánea, ¡y ella estaba ahí, mirando!

—¡Otilia, estás mintiendo, eso nunca pasó! —Les había contado cosas de su pasado, pero esa historia en particular era un invento total.

Otilia se encogió de hombros.

—Como tu mejor amiga, si yo digo que me lo contaste, pero que ahora lo niegas por vergüenza, ¿a quién crees que le van a creer? ¿A mí o a ti?

—Seguro que pasó. Y si no, podemos hacer que suene real. Podemos inventar muchas versiones, total, para eso tenemos boca —dijo Diana, satisfecha.

Isabella miró a esas personas, no, a esas bestias. ¡Habían perdido por completo el derecho a ser llamados humanos!

Se apoyó en la pared para levantarse, respiró hondo y los miró de nuevo, arqueando una ceja.

—Además de la colaboración con el Grupo Crespo, ¿qué más quieren? Díganlo de una vez.

Al oírla, los Ibáñez pensaron que se había rendido y sus rostros se iluminaron de alegría.

Raúl lo pensó un momento, carraspeó y dijo:

Capítulo 302 1

Capítulo 302 2

Capítulo 302 3

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