En ese momento, una mano grande y áspera, con un penetrante olor a tabaco, le tapó la boca y la nariz por la espalda, la levantó y la arrojó con fuerza sobre una cama individual.
El golpe la dejó mareada. Escuchó detrás de ella el sonido de una hebilla de cinturón abriéndose.
¡Clic!
—¿Y los cigarros? ¿Y el alcohol? Te mandé a comprarlos, ¿por qué no los trajiste?
¿Esa voz? No podía ser…
¡No, imposible!
¡Él estaba muerto!
—¡Te crie para nada, no sirves para nada!
Pero su voz estaba ahí, justo detrás de ella, cada vez más irritada.
—¡Habla! ¿Te comió la lengua el gato?
¡Era él! ¡De verdad era él!
Un escalofrío recorrió a Isabella. Levantó la vista a toda prisa, buscando un lugar donde esconderse.
Entonces vio a una niña con un vestido blanco, acurrucada en un rincón de la cama. Estaba aterrorizada, temblando sin parar.
—Tú… no me diste dinero, el señor de la tienda ya no me quiso fiar…
Su voz era apenas un susurro, como el zumbido de un mosquito.
Pero ese sonido desató la furia del hombre.
—¡Dinero, dinero! ¡Todo el día pidiendo dinero! ¡Eres igual que tu madre!
Un hombre alto en camiseta se abalanzó sobre ella. Levantó el cinturón y lo descargó con fuerza sobre la niña, que, paralizada por el miedo, ni siquiera intentó esquivarlo.
«¡No le pegues! ¡No te atrevas a tocarla!».
Isabella, con los ojos inyectados en sangre, quiso correr a proteger a la niña, pero no podía moverse. Solo pudo ver cómo el cinturón golpeaba su cuerpo.
La bestia ya se había abalanzado sobre ella, a punto de devorarla…
Isabella se agachó de repente, se abrazó la cabeza y cerró los ojos con fuerza. Intentó respirar, calmarse.
Todo había pasado. Ya había pasado.
Después de un largo rato, volvió a abrir los ojos. La habitación seguía en penumbras, pero la niña y la bestia habían desaparecido. Sin embargo, el dolor en su corazón era aún más intenso. Ignorándolo, corrió hacia la cama y, de debajo del colchón húmedo, sacó una pequeña navaja afilada.
La había escondido la niña. A pesar de su miedo, nunca había dejado de resistirse.
Isabella respiró hondo, guardó la navaja y volvió a golpear la puerta.
—¡Oigan, desgraciados! ¡Si tienen valor, abran la puerta!
Su grito fue tan fuerte como pudo. Los matones de afuera, acostumbrados a ser violentos y despiadados, no se lo pensaron dos veces y abrieron la puerta de golpe.
—¿Acaso estás harta de vivir y tienes prisa por morirte?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...