En ese momento, el oficial a cargo del caso salió corriendo tras ella.
—Señorita Quintero, hay algo que debe saber.
—¿Qué pasa? —preguntó Isabella.
El oficial suspiró.
—Erick se escapó del hospital.
—¡Se escapó! —exclamó Isabella, sorprendida.
—Sí, mientras le hacían una radiografía, saltó por la ventana. La policía lo está buscando, pero por si intenta vengarse, queríamos advertirle que tenga mucho cuidado hasta que lo capturemos.
Ya no había nada que hacer. Isabella solo pudo asentir.
—Entendido.
Mientras conducía a casa, una sensación de inquietud no la abandonaba. Y, efectivamente, al pasar por una calle solitaria, una camioneta apareció de la nada y le cerró el paso.
Al principio se puso tensa, pero luego vio a una mujer con un niño en brazos bajar del vehículo y hacerle un gesto de disculpa.
Resultó que la camioneta se había averiado. Isabella respiró aliviada y se dispuso a dar marcha atrás para rodearla, pero había un contenedor de basura detrás de su carro.
Tuvo que bajarse para moverlo, pero en cuanto lo hizo, dos hombres altos salieron de la camioneta, la agarraron y la metieron a la fuerza en el vehículo.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué me secuestran? —preguntó Isabella, tratando de mantener la calma.
—¿Eres Isabella, la hija de Francisco? —preguntó el hombre que iba en el asiento del copiloto, girándose para verla. Tenía barba y una cicatriz en la mejilla izquierda; no tenía buena pinta.
—¡Yo no soy la hija de Francisco! —respondió ella.
El hombre sacó una foto de su celular, la comparó con ella y luego sacó una navaja. Abrió la hoja y se la acercó.
—¿Crees que somos tontos?
Isabella vio la hoja de la navaja cada vez más cerca y cerró los ojos un instante.
—No estoy mintiendo, ¡de verdad no soy su hija biológica!

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...