Isabella no levantó la vista; no quería caer en su trampa. Sin embargo, la escena apareció ante sus ojos.
La niña del vestido blanco, colgada, mientras Francisco la golpeaba con un cinturón, una y otra vez. El dolor era insoportable. Finalmente, rompió a llorar y a suplicar, pero Francisco solo se excitaba más.
Justo cuando estaba a punto de desmayarse, su madre regresó. Pero no pudo salvarla, porque a ella también la golpearon.
—¡Francisco, eres un animal!
—¡Pégame a mí, mátame si quieres, pero no toques a mi hija!
Vio a su madre, cubierta de sangre, arrodillada, rogándole a Francisco.
Mientras estaba atrapada en el pasado, Erick se abalanzó sobre ella.
Pero al instante siguiente, Isabella lo derribó de una patada.
Su mente era un caos, un torbellino de alucinaciones. Sabía que no podía quedarse allí. Agarrando al hombre de la barba, lo arrastró hasta la puerta, lo empujó hacia adentro y salió corriendo.
Estaba en un sexto piso. El pasillo era estrecho, sucio y oscuro, pero no le importó. Bajó las escaleras a toda velocidad.
Erick y los matones la perseguían. Corrió desesperadamente hasta que vio la puerta del edificio. ¡Iba a escapar!
Finalmente, salió. Pero al hacerlo, se quedó paralizada. Estaba oscuro, no había luces, no había nadie.
Entonces recordó que toda la gente de esa zona se había mudado. Pronto iban a demoler los edificios.
—¡Atrápenla! ¡No dejen que se escape!
Isabella corrió sin rumbo. Los edificios abandonados se alzaban como sombras amenazadoras, transformándose en enormes bestias devoradoras de hombres. Corrió y corrió, pero seguía atrapada en la oscuridad, como si nunca fuera a salir.
Se acordó del celular que le había quitado al hombre de la barba. Lo sacó y llamó a la policía.
Pero no podía escapar ni explicar dónde estaba exactamente. Aunque la policía llegara, tardarían en encontrarla.
Isabella intentó aclararse la mente, pero las bestias devoradoras de hombres la estaban rodeando. Abrieron sus enormes bocas, dispuestas a comérsela…
—Cuando lleguemos a casa, haz conmigo lo que quieras, ¿de acuerdo?
Isabella se aferró a él. ¿Qué culpa tenía él? ¿Por qué estaba enojada con él? Pero no podía evitarlo. Se sentía tan vulnerable que solo podía desahogarse con él. Le mordió la mano con fuerza, haciéndole saber que estaba realmente enojada.
Jairo la dejó morderle, mientras le besaba la frente.
—Cariño, estoy aquí. Tranquila, no tengas miedo.
Erick y los matones llegaron. Al ver a Jairo, se dieron cuenta de que estaban en problemas e intentaron huir, pero Facundo Prado y sus hombres les bloquearon el paso.
Facundo los miró con desprecio.
—Unos idiotas. ¿Creen que pueden meterse con la señora Crespo?
Antes de que terminara de hablar, y con una sola mirada de Jairo, los guardaespaldas de Facundo se abalanzaron sobre Erick y los matones y los rodearon para darles una paliza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...