Entrar Via

La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 327

El hombre caminaba hacia la salida, abatido. Tropezó y cayó sentado al suelo.

Sus ojos se enrojecieron aún más y las lágrimas brotaron.

—Santiago, ¿se encuentra bien?

Lola se acercó rápidamente para ayudarlo a levantarse, pero él estaba hecho un ovillo y no había forma de moverlo.

Viendo al hombre al borde del llanto, Lola preguntó con torpeza: —¿Qué le hizo el señor Crespo?

Al darse cuenta de que la pregunta sonaba mal, se corrigió de inmediato: —¿Lo regañó el señor Crespo?

Santiago negó con la cabeza. —El señor Crespo no me regañó.

—No me diga que le pegó.

—Claro que no.

—¿Entonces?

—El señor Crespo me preguntó cuántos años llevo en la empresa. Le dije que veinte, y él dijo…

—¿Qué dijo?

—Dijo que si le enseñas a un cerdo durante veinte años, ya debería saber cómo hacer un balance. Y yo, no solo sé hacer balances, sino que también sé llenarlos de números, aunque a veces me equivoque, pero que soy mejor que un cerdo.

Lola: —…

Esa forma de decirlo era aún más hiriente.

Isabella también se sintió afectada por el veneno de Jairo. Junto a Lola, consoló a Santiago por un momento antes de acompañarlo abajo.

De vuelta en la puerta de la oficina, Isabella abrió una rendija a escondidas y vio a Jairo revisando algo rápidamente en su computadora. Tenía una mirada fría y profunda. Aunque su rostro no mostraba emoción alguna, parecía una pantera: peligroso, letal.

Pero para ella, esa pantera, además de peligrosa, era fascinante.

Su seriedad era atractiva, con sus lentes se veía sexi, y el simple hecho de estar sentado allí lo hacía tan deslumbrante que era imposible mirarlo directamente.

Marcela había dicho: «No dejes que mi hijo se enamore de ti».

Pero, ¿y si era ella la que se enamoraba de Jairo?

¡Pues se adueñaría de él!

Al diablo con los contratos; eso sería dentro de un año. La gente debería disfrutar el momento.

Con ese pensamiento, Isabella sonrió con picardía.

—¿Cuánto tiempo piensas espiarme desde ahí?

—Tranquilo, estamos en la oficina, no me voy a propasar contigo.

—¿Acaso la oficina tiene alguna regla en contra?

—Más bien me preocupa que después, cuando estés trabajando, tu cabeza se llene de imágenes sensuales y no puedas concentrarte.

Jairo se inclinó y la besó. —¿Qué tan sensuales?

—¿Quieres probar?

—Quiero.

Isabella se sentó a horcajadas sobre las piernas de Jairo. Empezó besándole los labios, bajó hasta su nuez, donde se detuvo un buen rato, y luego siguió descendiendo. A medida que desabrochaba los botones de su camisa, la pasión se desbordó.

Siguió bajando, bajando y bajando…

Justo cuando estaba a punto de llegar a cierto punto, Jairo la levantó de un tirón.

Le mordió el labio con fuerza. —Si seguimos así, puede que de verdad tenga que cambiar de oficina.

Isabella sonrió con picardía. —¿No te gustaría trabajar mientras piensas en mí?

***

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido