Por supuesto que Floriana sabía lo aterrador que podía ser Facundo. Antes lo disimulaba un poco, pero ahora se había desatado por completo, sin importarle nada.
—¡Le di! ¡Le atiné!
Al escuchar el grito de celebración, Floriana levantó la vista y vio que Víctor había encestado un aro en un muñeco de peluche. Él y Carlota saltaban de alegría, llamando la atención de todos los que pasaban.
El dueño del puesto les entregó el muñeco muy sonriente y de regalo les dio varias pelotas saltarinas.
Los dos caminaron muy orgullosos hacia Floriana para presumirle su trofeo.
Ella les aplaudió siguiéndoles la corriente.
—¡Guau, qué puntería!
—¡Por supuesto que sí!
Salieron de los aros, fueron a los rifles de balines y luego a los brincolines. Cuando se cansaron, decidieron ir a buscar algo de comer.
Mientras caminaban por la zona de comida, pasaron frente a un puesto de juguetes. Carlota, con su vista de águila, notó que vendían exactamente el mismo peluche que llevaban en los brazos.
—Oiga, ¿cuánto cuesta ese muñeco? —preguntó Víctor al vendedor.
—Veinte.
—¿Veinte pesos?
El dueño rio.
—Pues claro, ¿cuánto creía?
Víctor se quedó pasmado. Se dio la vuelta y le preguntó a Floriana cuánto habían gastado en los aros.
Floriana revisó su celular.
—Más de seiscientos.
Víctor abrió los ojos como platos.
—¿O sea que gastamos seiscientos pesos para ganar un peluche de veinte?
Floriana se echó a reír.
—Nadie tiene la culpa de que sean tan malos para atinarle.
Víctor se sintió estafado y quiso regresar a reclamarle al de los aros, pero Floriana lo detuvo.
—Tenía los precios a la vista y no hizo ninguna trampa, ¡eso no es estafa!
—¡Hmph, los aros son súper chiquitos y el juguete enorme, claro que es una estafa!
—Ya, vamos a comer algo.
Floriana encendió la linterna del celular para alumbrar el camino y comenzaron a caminar de regreso a casa.
Todo el pueblo estaba sin luz, sumergido en las sombras.
—Mamá, ¡no sabía que la luz se podía ir!
Era la primera vez en su vida que Carlota vivía un apagón, así que le parecía fascinante. Sentada sobre los hombros de Víctor, miraba todo a su alrededor con curiosidad.
—Todos traen sus celulares prendidos, parece como si hubiera un montón de estrellitas.
Floriana escuchó la dulce inocencia de su hija mientras la suave brisa la refrescaba. Víctor caminaba a su lado, protegiéndolas. En ese momento, sintió una paz en su corazón que hacía mucho tiempo no experimentaba.
—Cuando pasemos por la tiendita, compremos unas velas.
—Compra varias, que me da miedo la oscuridad —dijo Víctor.
Floriana rio.
—¿Te da miedo la oscuridad?
—¿Qué, a los hombres no nos puede dar miedo la oscuridad?
—Pensé que no le temías a nada.
—Hmph, a nada excepto a esto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...