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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 329

¿Porque Óscar era un niño?

¡Vaya respuesta!

Isabella estaba a punto de pedir una aclaración cuando vio que el carro entraba en un pequeño camino flanqueado por plátanos. Al final del camino, había una puerta de hierro negro.

El carro se acercó y la puerta, tras reconocer la matrícula, se abrió automáticamente.

Ante sus ojos se extendió una vasta pradera y, a medida que avanzaban, vio grupos de árboles esparcidos por el césped.

Cerca de ellos había un huerto de manzanos; en esa época del año, las ramas estaban cargadas de frutos rojos y brillantes.

Más lejos, había huertos de azufaifos, tejocotes y granados, todos en un despliegue de tonos rojizos.

Había gente moviéndose entre los árboles, cuidando los frutales.

El pasto de la pradera ya empezaba a amarillear, y varios trabajadores se encargaban de su mantenimiento.

Continuaron por el camino, y el terreno comenzó a ondularse. Tras rodear una pequeña colina, vieron una casona blanca de estilo europeo en la ladera de la montaña.

La casona estaba rodeada de árboles de ginkgo, cuyas hojas doradas lo cubrían todo. Parecía que habían entrado en una pintura al óleo de colores vivos.

Frente a la casona había una segunda puerta, pero Jairo no entró. Estacionó el carro a un lado del camino.

Isabella bajó del carro con Jairo y se acercó a la segunda puerta. En una placa de mármol al lado, vio unas palabras grabadas: La mansión Crespo.

¿Era la antigua residencia de la familia Crespo?

Había oído decir que la antigua casa de los Crespo era enorme, que ocupaba una colina entera.

Al principio, no podía imaginar lo grande que sería, pero ahora que lo experimentaba de primera mano, solo podía pensar que volver a casa era toda una travesía.

¿Acaso Jairo la llevaba a ver a su madre o a su abuelo?

Al pensar en esto, Isabella se arregló un poco el maquillaje y luego miró a Jairo. Él estaba de pie frente a la puerta, mirando la casa, como si tuviera miedo de entrar.

—¿Qué pasa? —Se acercó y le tomó la mano.

Él negó con la cabeza y le devolvió el apretón.

—Vamos, te llevaré a conocerla.

—Hace mucho que no vienes a verme, ¿ya no me quieres?

La mirada de Jairo se suavizó, pero estaba teñida de una profunda tristeza.

—¿Cómo podría no quererte?

Al oír eso, la niña se alegró de inmediato.

—Hermano, estoy muy aburrida, ¿me cuentas un cuento?

—Claro.

Sobre la mesa de centro había varias pilas de libros. Jairo eligió uno, se sentó en el sofá y comenzó a leer.

Su voz era un poco grave, como si contuviera una tristeza densa e indisoluble.

Isabella se sentó a su lado, mirando la gran pantalla con un mar de dudas.

***

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